Introducción

El concepto de familia ha sufrido diversas modificaciones a lo largo de los tiempos. En el pasado, aunque la convivencia familiar al igual que hoy en día, podía ser tanto positiva como conflictiva, el sistema familiar se caracterizaba por varias cuestiones: la unión matrimonial se consideraba un compromiso formal perdurable, en el que tener hijos se convertía en un requisito fundamental; se reconocía como un valor prioritario la entrega, el sacrificio y la dedicación de los padres para sacar adelante a los hijos; cada miembro de la familia conocía perfectamente cuál era su rol, puesto que los roles estaban claramente definidos; las relaciones familiares tenían un carácter claramente asimétrico entre padres e hijos e incluso entre esposo y esposa; y por último, los hijos eran considerados propiedad de los padres, y como tal tenían la obligación de responder al proyecto familiar.

En la actualidad, la realidad familiar es muy diferente. La perdurabilidad del contrato matrimonial como compromiso para toda la vida, desaparece; surgen nuevas formas de compromiso no formales; los roles de genero tradicionales van desapareciendo cada día en mayor medida, lo que a su vez modifica la claridad en la definición de roles familiares y la asimetría en las relaciones entre los miembros; y priman como valores la independencia, la libertad, la promoción personal, y el derecho al bienestar individual.

Todo esto, aunque es muy positivo, en algunos casos conlleva riesgos tales como: inestabilidad del sistema familiar, descenso de la natalidad, menor tiempo de dedicación de los padres a los hijos y pérdida de autoridad paterna con la consiguiente falta de disciplina, etcétera.

El papel de la familia no es simplemente el de garantizar las necesidades biológicas fundamentales del menor en desarrollo, sino el de facilitar la interacción entre los procesos de maduración fisiológica y las experiencias cotidianas, para la adquisición de la plenitud biopsicológica del niño.

Minuchin (1986) señala que una familia normal no puede ser distinguida de la familia anormal por la ausencia de problemas. La imagen de personas que viven en armonía, enfrentándose a las descargas sociales sin irritarse y cooperando siempre mutuamente se derrumba tan pronto como se observa a cualquier familia con sus problemas cotidianos. Según este autor, la concepción de la familia como un sistema que opera dentro de contextos sociales específicos, tiene tres componentes. En primer lugar, la estructura de una familia es la de un sistema sociocultural abierto en proceso de transformación. En segundo lugar, la familia muestra un desarrollo desplazándose a través de un cierto número de etapas que exigen una reestructuración. Y en tercer lugar, la familia se adapta a las circunstancias cambiantes de tal modo que mantiene una continuidad y fomenta el crecimiento psicosocial de cada miembro.

Desde el punto de vista de algunos modelos teóricos de salud familiar pertenecientes a la Teoría de Sistemas (Beavers, 1981; Epstein, 1982; Reiss, 1982; Olson, Russell y Sprenkle, 1983), algunas de las dimensiones principales que contribuyen a una interacción familiar óptima son las siguientes: una estructura organizacional familiar con límites claros y permeables para cada uno de sus miembros y un subsistema parental cohesivo; una amplia gama de expresiones afectivas entre sus miembros; un comportamiento democrático de control conductual; una comunicación clara y directa; transmisión de padres a hijos de los valores éticos y sociales; límites externos, claros y permeables de la familia en sus relaciones con sistemas externos al propio conjunto familiar; crianza de los niños, dominio de las separaciones y de los triángulos familiares, afrontamiento de las crisis, etc.

La familia tiene que ser un lugar convivencial estable, que disponga de los recursos mínimos (económicos, laborales, higiénicos,…), donde el menor sea respetado como persona, se cubran sus necesidades básicas, afectivas y educativas, se le proteja contra las situaciones agresivas del medio en el que se desarrolla, reciba cuidados adecuados ante situaciones especiales de enfermedad o limitación, etc.

Por tanto, todo análisis de la problemática del menor parte de una consideración general de cuales son las necesidades básicas de la infancia en sentido amplio, lo que a su vez implica tener muy en cuenta aquellas necesidades que tienen que ver con el medio familiar en que se desarrolla el proceso de socialización del menor. De ahí que no se pueda considerar al menor de manera aislada, sino en el seno de la familia en el que está inmerso y dentro de un contexto social más amplio.

Un modelo de obligada referencia en la explicación del maltrato infantil, es el modelo ecosistémico de Belsky (1993). Este autor, plantea la integración, en cada caso concreto, de variables a diferentes niveles ecológicos (microsistema, macrosistema y exosistema). A nivel exosistémico, incluye todos aquellos aspectos que rodean al individuo y a la familia y que les afectan de manera directa (las relaciones sociales y el ámbito laboral).
Para Belsky (1993), la ausencia de apoyo social y el aislamiento de los sistemas de apoyo provocan una reducción de la tolerancia al estrés que dificulta el afrontar de una manera competente la interacción cotidiana y el cuidado de los menores. De ahí la importancia de las relaciones sociales en el estudio del maltrato infantil.

A nivel microsistémico, se encuentran las variables referentes a comportamientos concretos de los miembros de la unidad familiar y las características de la composición familiar. Este nivel contiene los rasgos psicológicos y comportamentales de cada uno de los miembros (adultos y niños), sus interacciones, determinadas características de los padres/cuidadores (capacidad de empatía, tolerancia al estrés, etc.) y de su relación (conflictividad familiar, violencia marital, etc.), en interacción con variables temperamentales y comportamentales de los hijos.

La investigación que describimos a continuación se centra en el estudio de tres variables que Belsky (1993) sitúa a nivel exosistémico y microsistémico: las relaciones sociales de los cuidadores, las relaciones con la familia extensa y las relaciones de pareja. Se trata de establecer el impacto de estas variables en las distintas formas de maltrato que conforman la muestra (maltrato físico, abandono emocional, maltrato emocional, abandono físico e incapacidad para controlar la conducta del menor), variables que pueden actuar como predictoras de cara a establecer programas de prevención adecuados.

Existe prácticamente consenso entre los investigadores en que el aislamiento social, el desajuste marital y la violencia de pareja son causas provocadoras del maltrato infantil (Cameron, 1990; Tzeng, Jackson y Karlson, 1992; Belsky, 1993; Cerezo, 1997; Nelson, Mitrani y Szapocznik, 2000; Black, Smith y Heyman, 2001; Chance y Scannapieco, 2002). El apoyo social influye en el bienestar físico y psicológico de los miembros de la familia, reduciendo el estrés y mejorando el sentimiento de identidad y la autoestima.

Según Polansky (1985), las madres con niños en situación de abandono físico o negligencia se encuentran objetivamente aisladas y subjetivamente solas. Estas madres se encuentran socialmente inmovilizadas y emocionalmente hundidas debido a una soledad crónica y severa. Lo importante es el análisis de las causas de esta soledad.

Los objetivos que nos planteamos en este estudio son: determinar si existe relación entre la variable relaciones sociales de los cuidadores y el maltrato infantil; establecer si existe relación entre la variable relaciones con la familia extensa y los malos tratos; y determinar si existe relación entre la variable relaciones de pareja y el maltrato. Asimismo, pretendemos constatar si existen diferencias significativas entre los distintos tipos de maltrato (abandono físico, maltrato emocional, abandono emocional, etc.) en las tres variables analizadas.

Método

<U>Sujetos</U>

La muestra objeto análisis la componen 107 familias y 256 menores de 18 años, en clara situación de maltrato infantil. Durante el periodo de tiempo que abarca la investigación, es decir de noviembre de 1996 a marzo de 1999, fueron tramitados por el Instituto Municipal de Servicios Sociales de la ciudad de Badajoz (España) un total de 8140 expedientes, de los cuales 107 presentaban menores en situación de maltrato infantil.

Los 256 menores detectados en situación de maltrato infantil, poseen indicadores muy claros y precisos de encontrarse en situación de desprotección, dado que su integridad física y/o psíquica se encuentra en serio peligro. Los criterios operativos utilizados para identificar los tipos de maltrato infantil se basan en la clasificación elaborada por Arruabarrena, De Paúl y Torres (1996) para el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales (SASI).

Tabla 1.- Distribución de las familias y los niños

<U>Instrumentos</U>

Los instrumentos utilizados para la recogida de la información de las situaciones de maltrato infantil han sido los siguientes: entrevistas semiestructuradas con la familia y con los niños; observación directa de los menores en el domicilio, de la interacción padres-hijos, de las interacciones familiares y del entorno familiar; análisis de documentos de expedientes de informes escolares, procesos judiciales, informes policiales, evaluaciones de otros profesionales: médicos, salud mental, etc.

Se elaboraron varios instrumentos específicos para la detección y evaluación de las situaciones de maltrato infantil. En primer lugar se elaboró un instrumento específico de detección y notificación de situaciones de maltrato infantil (Hoja de Notificación), en el que el notificante debe describir el motivo de la notificación, los datos de identificación relativos tanto al menor como a la persona y/o institución que realiza la notificación, los indicadores de los distintos tipos de maltrato infantil observados en el menor y el lugar donde notificar la situación de desprotección.

Previamente se llevaron a cabo reuniones con instituciones y profesionales que desarrollan su labor con población infantil, en las que se les explicó la forma de cumplimentar dicho instrumento, a la vez que se les alertó sobre la necesidad de la firma de la persona y/o institución que lleva a cabo la notificación, tanto para dar una mayor credibilidad al documento, como para poder tomar posteriores medidas respecto al menor, en el caso de que se precisara. Con la hoja de notificación se pretendía que el profesional que detecte una situación de desprotección infantil pueda notificarla de una manera ágil y sencilla, y a la vez proporcione al receptor información inicial relevante.

Se elaboraron otra serie de instrumentos: una Entrevista familiar, un Análisis funcional para padres y un Análisis funcional para menores. Estos instrumentos se diseñaron para facilitar la consecución de los objetivos perseguidos en la investigación. Explorar aspectos relacionados con las relaciones sociales de los cuidadores, las relaciones con la familia extensa y las relaciones de pareja.
A fin de garantizar un mínimo de validez, fiabilidad y objetividad en la recogida de datos, la información se obtiene a través de distintos instrumentos: entrevistas, observación y análisis de documentos.

También elaboramos un documento para la codificación y registro de la información obtenida en relación a las variables investigadas (Hoja de valoración). Para poder cumplimentar dicho soporte se utilizaron a su vez otros dos documentos, uno que describe los indicadores de maltrato infantil, y otro que define las tres variables que han sido investigadas en una escala de 1 a 6.

<U>Procedimiento</U>

En primer lugar realizamos un análisis de frecuencias, a través de estadísticos descriptivos, con la finalidad de determinar la incidencia de las relaciones sociales de los cuidadores, las relaciones con la familia extensa y las relaciones de pareja, en la situación de malos tratos de los niños; y en segundo lugar, se efectuó un análisis comparativo entre las distintas muestras de maltrato, con la finalidad de determinar si existen diferencias significativas en las muestras en las tres variables objeto de estudio. El análisis inferencial se llevó a cabo a través de la prueba de Kolmogorov-Smirnov para una y dos muestras independientes. El tratamiento informático de los datos se efectuó a través del paquete estadístico SPSS para Windows.

<U>Resultados</U>

- Análisis de frecuencias

La primera variable a analizar a través de los 107 expedientes de maltrato infantil que componen la muestra son las relaciones con la familia extensa (tablas 2 y 3).

Tabla 2.-Relaciones con la familia extensa

A continuación podemos ver las seis categorías para codificar y registrar la información relativa a la variable relaciones con la familia extensa. Los valores se refieren a diferentes niveles de intensidad de la variable (ordenados desde el polo más positivo en un extremo hasta el polo más negativo en el otro).

(1)Las relaciones con la familia extensa de ambos progenitores son positivas. Los contactos son frecuentes y positivos. Estas relaciones suponen una fuente de apoyo para los padres y los niños. Cuando necesitan ayuda, los padres recurren a la familia extensa y ésta responde de forma adecuada.

(2)Las relaciones con la familia extensa de ambos progenitores son esencialmente positivas. Los contactos son frecuentes y sobre todo positivos. Estas relaciones son normalmente fuente de apoyo para la familia, aunque los padres no siempre recurran a ellas cuando precisan ayuda.

(3)Las relaciones con la familia extensa de uno o ambos padres atraviesan periodos de conflicto y periodos positivos. Los contactos son relativamente frecuentes. Estas relaciones suponen una fuente de apoyo para la familia en ocasiones puntuales. Los padres no siempre recurren a la familia cuando necesitan ayuda ya que la respuesta es, muchas veces, inapropiada.

(4)Las relaciones con la familia extensa de ambos progenitores atraviesan periodos de conflicto importantes. Estas relaciones son fuente de habitual tensión. Los padres no recurren normalmente a la familia extensa ya que la respuesta es frecuentemente negativa.

(5)Las relaciones con la familia extensa de ambos progenitores son esencialmente negativas. Los contactos son escasos y/o conflictivos. Estas relaciones son fuente de tensión y malestar para los padres y los niños. Los padres sólo piden la ayuda de la familia extensa en casos excepcionales y la respuesta de aquélla es muy negativa.

(6)Las relaciones con la familia extensa de ambos
progenitores están rotas y/o son en extremo conflictivas. Los contactos son nulos, prácticamente inexistentes y, en cualquier caso, negativos. Los padres no solicitarán ayuda a la familia ni en caso de extrema necesidad.

Como podemos comprobar en la tabla 2, la mediana se sitúa en 3,8, es decir, que las relaciones con la familias extensa tienden a ser entre adecuadas(3) e inestables(4), siendo lo más frecuente la inestabilidad (Mo=4). La inestabilidad se da en un 45,8%. Las relaciones con la familia extensa atraviesan períodos de conflicto importantes y son fuente de tensión habitualmente. Los cuidadores no recurren normalmente a ella ya que con frecuencia no existe apoyo por parte de ésta.

Un 65,4% tienen relaciones con la familia extensa inestables y conflictivas, mientras que el 34,6% restante tiene relaciones adecuadas y positivas.

En cuanto a la variable relaciones con la familia extensa en los distintos tipos de maltrato infantil, en la tabla 3 podemos ver la distribución.

Tabla 3.- Relaciones con la familia extensa según el tipo de maltrato

Destacamos que lo más frecuente de las familias en las que predomina el maltrato físico, abandono emocional y abandono físico son las relaciones con la familia extensa inestables (Mo=4), frente a las que presentan una incapacidad para controlar la conducta del menor y maltrato emocional donde las relaciones tienden a ser adecuadas (Mo=3).

En el maltrato físico, la mediana se sitúa en 3,9, esto implica que en un 58,3% de las familias las relaciones con la familia extensa son inestables y en un 16,7% conflictivas. Algo muy similar ocurre en el abandono físico y abandono emocional, puesto que en ambos la mediana es 4. En el abandono físico, un 57,9% de las familias tienen relaciones con la familia extensa inestables y en un 19,3% son conflictivas. Y en el abandono emocional un 42,9% tienen relaciones inestables y un 28,6% conflictivas.

Todo lo contrario ocurre en las familias que presentan maltrato emocional, donde con una mediana de 3,53 observamos que predominan las familias con relaciones adecuadas(3), el 55,6%, frente al resto de familias, en las que se dan relaciones inestables(4) y conflictivas(5).
Al igual que en el maltrato emocional, pero en mayor medida, vemos que las familias en las que existe una incapacidad por parte del cuidador para controlar la conducta del menor, con una mediana de 2,85, predominan las relaciones adecuadas(3) y positivas(2) sobre el resto de valores.

La variable relaciones de pareja, en las familias que componen la muestra (N=71) se distribuye de la siguiente manera (tabla 4).

Tabla 4. Relaciones de pareja.

A continuación podemos ver las seis categorías para codificar y registrar la información relativa a la variable relaciones de pareja.

(1)La relación de pareja es estable y positiva. No existen conflictos importantes ni violencia (física o verbal). Cada miembro de la pareja es visto como una fuente de apoyo y bienestar por el otro. La comunicación entre la pareja es fluida y hay equilibrio en el balance de poder de la relación.

(2)La relación de pareja es estable y básicamente positiva. No hay violencia aunque pueden existir conflictos puntuales serios pero resolubles. Cada miembro es visto por el otro como fuente de apoyo y bienestar en la mayoría de las ocasiones. Pueden existir bloqueos puntuales en la comunicación y el balance de poder en la relación está equilibrado.

(3)La relación de pareja es estable. No hay violencia pero existen conflictos serios y resolubles. Cada miembro puede ser visto por el otro como fuente de apoyo. Existen bloqueos puntuales en la comunicación y el balance de poder en la relación está habitualmente equilibrado.

(4)La relación de pareja tiene altibajos, con momentos de conflictos importantes (sin violencia física o psíquica) y períodos positivos de convivencia. La percepción que cada miembro tiene del otro varía en consonancia con los altibajos de la relación. Hay dificultades en la comunicación, con bloqueos frecuentes. Desequilibrio notable del balance de poder en la relación.

(5)La relación de pareja es inestable o mayormente negativa. Los conflictos serios son frecuentes, pudiendo darse episodios puntuales de violencia física o psíquica. La percepción que cada miembro de la pareja tiene del otro es esencialmente negativa. La comunicación entre la pareja está básicamente deteriorada, siendo habituales los bloqueos y malentendidos. Uno de los miembros ocupa una posición de claro poder sobre el otro.

(6)La relación de pareja es muy inestable o negativa. Los conflictos son serios y habituales con violencia física o psíquica frecuente. Hay una ruptura emocional entre los miembros, la comunicación está normalmente bloqueada. El balance de poder en la relación está totalmente desequilibrado.

El valor que se da en mayor medida es el (4), las relaciones de pareja presentan altibajos en un 39,4% de las familias.

En 36 familias que presentaban algún tipo de maltrato infantil la variable relaciones de pareja no ha sido valorada. Esto se debe a que 33 de estas familias son monoparentales, y al hecho de que en las 3 familias restantes no fue posible realizar la valoración.

En un 81,7% de las familias, las relaciones de pareja son en mayor o menor medida disfuncionales, distribuyéndose de la siguiente manera: en un 39,4% la relación de pareja tiene altibajos, con momentos de conflicto importantes, en un 28,2% la relación de pareja es inestable o mayormente negativa, y en un 14,1% la relación de pareja es muy inestable o negativa (Mdn =4,35)

En cuanto a la distribución de la variable relaciones de pareja en los distintos tipos de maltrato infantil, en la tabla 5 se refleja la misma.

Tabla 5.- Relaciones de pareja según el tipo de maltrato infantil

En el abandono físico y emocional lo más frecuente son las relaciones de pareja con altibajos (Mo=4). En las tipologías de maltrato físico y emocional y maltrato por incapacidad para controlar la conducta del menor predominan las relaciones de pareja mayormente negativas (Mo=5)

En el maltrato físico, con una mediana de 5,5, se observa la mayor incidencia de la variable, puesto que las relaciones de pareja son fundamentalmente negativas. La distribución es la siguiente: un 50% en el valor (5) y el otro 50% en el valor (6).

En el maltrato emocional con una mediana de 4,57, vemos como en un 81,8% de las familias las relaciones de pareja son disfuncionales, es decir que se sitúan en los valores (4), (5) y (6). Algo muy similar ocurre con el resto de tipos de maltrato. En el abandono físico con una mediana de 4, un 76,3% de familias tienen relaciones de pareja disfuncionales. En el abandono emocional con una mediana de 4,2, el 100% de las familias tienen relaciones disfuncionales. El 80% con altibajos y el 20% mayormente negativas. Y en el maltrato por incapacidad del cuidador, con una mediana de 4,4, en un 71,4% de los expedientes familiares las relaciones de pareja son disfuncionales. En un 14,3% con altibajos y en un 57,1% mayormente negativas.

La siguiente variable objeto de análisis son las relaciones sociales de los cuidadores. En la tabla 6 vemos los datos relativos a la totalidad de la muestra.

Tabla 6.- Relaciones sociales de los cuidadores

(1)Los cuidadores mantienen contactos y relaciones sociales positivas con vecinos/amigos que suponen una fuente disponible de apoyo para ellos. Los padres solicitan la ayuda de vecinos/amigos cuando la necesitan y estas personas ejercen una influencia positiva para el bienestar y el funcionamiento adaptativo de los padres y/o la familia. Ambos tienen además amistades propias y/o mantienen relaciones sociales positivas independientemente.

(2)Los cuidadores mantienen contactos y relaciones sociales positivas con algunos vecinos/amigos, aunque estos no siempre están disponibles como fuente de apoyo. A pesar de que la influencia de estas personas en el bienestar y funcionamiento adaptativo de los padres es positiva, éstos no siempre están dispuestos a solicitar su ayuda. Los dos tienen, asimismo, amistades propias y a veces citas sociales por separado.

(3)Los cuidadores disponen de pocos amigos y la relación con sus vecinos no es del todo positiva. La disponibilidad de éstos amigos/vecinos es irregular y los progenitores no siempre están dispuestos a pedir ayuda. Estas personas no siempre influyen positivamente en el bienestar y la capacidad de los padres para funcionar adaptativamente. Conservan amigos personales con los que alguna vez se relacionan.

(4)Los cuidadores mantienen contactos y relaciones sociales irregulares con algunos vecinos/amigos. La disponibilidad de éstos es escasa y los progenitores se muestran reticentes. Los amigos propios de cada uno son escasos y rara vez se reúnen.

(5)Los cuidadores apenas tienen contacto y relación con vecinos/amigos, o las relaciones con éstos son conflictivas. Los vecinos/amigos están disponibles como fuentes de apoyo sólo ocasionalmente y los padres pedirían su ayuda sólo en casos extremos. La influencia de vecinos/amigos es con frecuencia negativa. Ambos, o uno de los dos, han perdido las amistades propias, y si las tienen, suponen fuente de conflicto en la pareja.

(6)Los cuidadores no tienen contactos con vecinos y carecen de amigos, siendo sus relaciones sociales muy conflictivas en general. No cuentan con personas a las que poder recurrir en casos de necesidad, ni tampoco estarían dispuestos a solicitar ayuda. Las pocas relaciones existentes tienen una influencia negativa.

En la tabla 6 vemos que las familias se distribuyen fundamentalmente en los valores (3), (4) y (5), siendo la mediana de 3,8. Las relaciones sociales de los cuidadores son en un 48,6% irregulares (Mo=4). Esto implica que los padres mantienen contactos y relaciones sociales irregulares con algunos vecinos/amigos, que la disponibilidad de estos es escasa y los cuidadores se muestran reticentes, y que los amigos propios de cada uno de los cuidadores son escasos y rara vez se reúnen con ellos.

Las relaciones sociales de los padres son medianamente positivas (3) en un 22,4% de las familias y conflictivas en un porcentaje muy similar, el 21,5%.

A continuación, la tabla 7 refleja cómo se distribuye la variable relaciones sociales de los cuidadores en los distintos tipos de maltrato infantil.

Tabla 7.- Relaciones sociales de los cuidadores según el tipo de maltrato

La moda es similar en todos los tipos de maltrato (Mo=4) excepto en el maltrato por incapacidad, donde la moda es 3. Las relaciones sociales de los progenitores son irregulares en todos los tipos excepto en incapacidad para controlar al menor donde las relaciones son medianamente positivas.

En el abandono emocional (Mdn=3,57) los expedientes familiares se sitúan en un porcentaje muy similar en los valores (3) y (4). Las relaciones sociales de los padres son en un 42,9% medianamente positivas y en un 57,1% irregulares. En el maltrato físico (Mdn=4,18) y maltrato emocional (Mdn=4,25) las relaciones sociales de los padres son fundamentalmente irregulares(4) y conflictivas (5).

Siendo más frecuente el valor (4) que el (5). En el abandono físico (Mdn=3,9), el porcentaje de familias más alto se sitúa en el valor (Mo=4), es decir, que en un 47,4% las relaciones sociales son irregulares.
En el maltrato por incapacidad, con una mediana de 3,14, los expedientes se distribuyen entre los valores (2), (3) y (4), siendo lo más frecuente las relaciones medianamente positivas (Mo=3)

- Análisis inferencial

A continuación pasamos a describir los resultados de la aplicación de la prueba de Kolmogorov-Smirnov para una y dos muestras independientes (tablas 8, 9 y 10). Dichos análisis se llevaron a cabo con la finalidad de determinar la incidencia de las tres variables en las muestras de maltrato infantil estudiadas y establecer si existen diferencias significativas entre las distintas formas de malos tratos.

Tabla 8. Kolmogorov-Smirnov para una muestra (N=107)
Tabla 9. Kolmogorov-Smirnov para dos muestras independientes
Tabla 10. Kolmogorov-Smirnov para dos muestras independientes

En la variable relaciones con la familia extensa, se constatan diferencias estadísticamente significativas entre el abandono físico y el maltrato por incapacidad. En el abandono físico, las relaciones con la familia extensa son generalmente conflictivas, siendo una fuente de tensión en la unidad familiar. En cambio, en el maltrato por incapacidad, las relaciones con la familia extensa son adecuadas e incluso positivas. Los miembros de la unidad familiar mantienen contactos frecuentes con la familia extensa, siendo ésta una fuente de apoyo y ayuda para la familia.

En la variable relaciones de pareja se observan diferencias significativas entre el abandono físico y el abandono emocional, respecto al maltrato físico. En el abandono físico y emocional las relaciones de pareja presentan continuos altibajos sin violencia, en cambio en el maltrato físico, las relaciones son inestables, negativas y con episodios de violencia física y/o psíquica.
Y por último, en la variable relaciones sociales de los cuidadores constatamos diferencias significativas entre el maltrato emocional y el maltrato por incapacidad. En el maltrato emocional, las relaciones sociales de los cuidadores son irregulares y conflictivas. En cambio, en el maltrato por incapacidad, las relaciones sociales son medianamente positivas.

Discusión y conclusiones

En relación al primer objetivo que nos planteamos, analizar si existe relación entre las relaciones sociales de los cuidadores y el maltrato infantil, estableciendo si existen diferencias significativas en las cinco formas de desprotección analizadas, podemos concluir lo siguiente:

En el abandono físico los contactos y las relaciones sociales de los cuidadores con algunos vecinos y/o amigos son irregulares. Por un lado, observamos que la disponibilidad de los vecinos y/o amigos como fuente de apoyo y ayuda a la familia es escasa, y por otro lado, vemos que los cuidadores tienden a mostrarse reticentes a la hora de pedir ayuda a otras personas cercanas en su entorno inmediato. También observamos que los amigos de ambos cuidadores son escasos y rara vez se reúnen con ellos. En la muestra de maltrato emocional las relaciones sociales son básicamente irregulares e incluso conflictivas, y en el maltrato por incapacidad las relaciones sociales son por lo general medianamente positivas.

Respecto al segundo objetivo que nos planteamos, analizar si existe relación entre las relaciones con la familia extensa y el maltrato infantil, estableciendo si existen diferencias significativas en las cinco formas de desprotección analizadas, podemos concluir lo siguiente:

En el abandono físico las relaciones con la familia extensa atraviesan periodos de conflicto importantes, y éstas son una fuente habitual de tensión para los miembros de la unidad familiar. Esto hace que los cuidadores no recurran normalmente a la familia extensa en busca de apoyo o de ayuda, puesto que la respuesta de éstos es frecuentemente negativa. En ocasiones los cuidadores responden inadecuadamente a las demandas de los miembros más pequeños de la unidad familiar, dado que no cuentan con el apoyo de la familia extensa cuando la necesitan (p. ej; para la supervisión del menor durante un corto período de tiempo).

En el maltrato por incapacidad comprobamos que predominan unas relaciones con la familia extensa generalmente adecuadas e incluso positivas, siendo los contactos relativamente frecuentes y suponiendo en ocasiones estas relaciones una fuente de apoyo y ayuda para la familia. En el resto de tipos de maltrato, no observamos diferencias lo suficientemente significativas, siendo los datos para las muestras de abandono físico, abandono emocional y maltrato físico, muy similares.

Por tanto, respecto a estas dos variables analizadas, podemos decir que la mayoría de los autores reconocen que el apoyo social influye directa e indirectamente en el bienestar físico y psicológico de los miembros de la unidad familiar. Uno de los factores que se ha identificado con mayor frecuencia en las revisiones teóricas y empíricas sobre las causas del maltrato infantil es el aislamiento social (Cameron, 1990; Tzeg, et al., 1992; Belsky, 1993; Fryer y Miyoshi, 1996; Ezzell, Swenson y Faldowski, 1999; McCurdy, 2001; Black, Heyman y Smith, 2001).

En nuestro estudio, al igual que en el estudio de Coohey (1996) los padres negligentes mantienen menos contactos con los miembros de su red social, perciben que sus miembros están menos dispuestos a apoyarles y de hecho reciben menos apoyo y ayuda – instrumental y emocional – por parte de los miembros de su entramado social, existiendo conexiones sociales deficitarias.

En cuanto al tercer objetivo que nos planteamos, analizar si existe relación entre las relaciones de pareja y el maltrato, estableciendo si existen diferencias significativas en las cinco formas de maltrato, podemos concluir lo siguiente:

Las relaciones de pareja en las muestras de abandono físico y emocional presentan altibajos, con momentos de conflicto importantes (sin violencia física o psíquica) y períodos positivos de convivencia. La percepción que cada miembro tiene del otro varía en consonancia con los altibajos de la relación. Se observan dificultades en la comunicación de la pareja y existe un desequilibrio notable del balance de poder en la relación. Observamos que en el maltrato físico las relaciones de pareja son mayormente inestables y negativas, pudiendo darse en ocasiones episodios de violencia física y psíquica.

En el abandono físico, maltrato físico y abandono emocional, los datos coinciden con lo que sugiere Belsky (1993) en sus estudios. Este autor encuentra una relación significativa del maltrato infantil con la calidad de la relación matrimonial.

En todos los tipos de maltrato los cuidadores asumen una mínima responsabilidad en relación a los niños. De igual manera, comprobamos que generalmente es la madre/cuidadora la encargada del cuidado y atención del niño en la mayoría de los casos, asumiendo el padre/cuidador una mínima responsabilidad. Esto hace que el responsable del cuidado experimente sentimientos de soledad y aislamiento, y más aún cuando la red de apoyo familiar y social es escasa y poco receptiva. Los resultados de nuestro estudio se relacionan con los hallados por Polansky (1985), Crittenden (1988), Jackson y Karlson (1992), Cerezo (1997) y Johnson (2002), puesto que estos autores consideran, a partir de sus investigaciones, que estas madres se encuentran objetivamente aisladas y subjetivamente solas.

Referencias bibliográficas

Ammerman, R. (1990). Etiological models of child maltreatment. Behavior Modification, 14, 230-254.

Arruabarrena, M.I. (1998). Violencia y familia: un programa de tratamiento para familias con problemas de maltrato y/o abandono infantil. En E. Echeburúa (Eds.), Personalidades Violentas (pp.187-204). Madrid: Pirámide

Arruabarrena, M.I. y De Paúl, J. (1994). Maltrato a los niños en la familia. Evaluación y tratamiento. Madrid: Pirámide

Arruabarrena, M.I., De Paúl, J. y Torrés, B. (1996). El maltrato infantil: detección, notificación, investigación y evaluación. Programa para la mejora del sistema de atención social a la infancia (SASI). Madrid: Ministerio de Asuntos Sociales.

Bauer, W.D. y Twentyman, C.T. (1985). Abusing, neglectful and comparison mothers´responses to child-related and non-child-related stressors. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 53, 335-343.

Beavers, W.R. (1981). A systems model of family for family therapists. Journal of Marital and Family Therapy, 7, 209-307.

Belsky, J. (1993). Etiology of child maltreatment: a developmental-ecological analysis. Psychological Bulletin, 114, 413-434.

Black, D.A., Heyman, R.E. y Smith, A.M. (2001). Risk factors for child physical abuse. Aggression and Violent Behavior, 6, 121-188.

Black, D.A., Smith, A.M. y Heyman, R.E. (2001). Risk factors for child psychological abuse. Aggression and Violent Behavior, 6, 189-201.

Bowlby, J. (1983). La pérdida afectiva. Barcelona: Paidós.
Browne, K.D. y Linch, M. (1995). Child abuse and its modes of transmission. Child Abuse Review, 4, 1-3.

Caliso, J. y Milner, J. (1994). Childhood history of abuse, childhood social support, and adult child abuse potential. Journal of Interpersonal Violence, 9, 27-44.

Cameron, G. (1990). The potential of informal social support strategies in child welfare. En M. Rothery y G.

Cameron (Eds.), Child maltreatment: expanding our concept of helping (pp.145-167). Hillsdale (NJ): Lawrence Erlbaum.

Camras, L., Ribordy, S., Hill, J., Martino, S., Spaccarelli, S. y Stefani, R. (1988). Recognition and posing of emotional expressions by abused children and their mothers. Developmental Psychology, 24, 776-781.

Cantón, J. y Cortés, M.A. (1997). Malos tratos y abuso sexual infantil. Madrid: Siglo XXI.

Cerezo, M.A. (1997). Abusive family interaction: a review. Aggression and Violent Behavior, 2, 215-240.

Cerezo, M.A., y D´Ocon, A. (1995). Maternal inconsistent socialization: an interactional pattern with maltreated children. Child Abuse Review, 4, 14-31.

Chaffin, M., Kelleher, K. y Hollenberg, J. (1996). Onset of physical abuse and neglect: psychiatric, substance abuse, and social risk factors from prospective community data. Child Abuse and Neglect, 20, 191-203.

Chance, T. y Scannapieco, M. (2002). Ecological correlates of child maltreatment: similarities and differences between child fatality and nonfatality cases. Child and Adolescent Social Work Journal, 19, 139-161.

Cicchetti, D. y Rizley, R. (1981). Developmental perspectives on the etiology, intergenerational transmission, and sequelae of child maltreatment. New Directions for Child Development, 11, 31-55.

Coohey, C. (1996). Child maltreatment: testing the social isolation hypothesis. Child Abuse and Neglect, 20, 241-254.

Crittenden, P. (1988). Family and dyadic patterns of functioning in maltreating families. En K. Browne, C.

Davies, Stratton (Eds.), Early prediction and prevention of child abuse (pp.161-189). Londres: John Wiley & Sons Ltd.

Culp, R., Culp, A., Soulis, J. y Letts, D. (1989). Self-esteem and depression in abusive, neglecting, and nonmaltreating mothers. Infant Mental Health Journal, 10, 243-251.

De Paúl, J., Milner, J. y Múgica, P. (1995). Childhood maltreatment, childhood social support, and child abuse potential in a basque sample. Child Abuse and Neglect, 19, 907-920.

Epstein, N.B. (1982). McMaster model of family functioning: A view of the normal family. En F. Walsh (Eds.), Normal family processes. Nueva York, Guilford Press.

Éthier, L.S., Lacharité, C. y Couture, G. (1995). Childhood adversity, parental stress, and depression of negligent mothers. Child Abuse and Neglect, 19, 619-632.

Ezzell, C.E., Swenson, C.C. y Faldowski, R.A. (1999). Child, family and case characteristics: links with service utilization in physically abused children. Journal of Child and Family Studies, 8, 271-284.

Factor, D.C. y Wolfe, D.A. (1990). Parental psychopathology and high-risk children. En R.T. Ammerman y M. Hersen (Eds.), Children at risk. An evaluation of factors contributing to child abuse and neglect. Nueva York: Plenum Press.

Famularo, R., Kinscherff, R. y Fenton, T. (1992). Parental substance abuse and the nature of child maltreatment. Child Abuse and Neglect, 16, 475-483.

Fry, D. (1993). The intergenerational transmission of disciplinary practices and approaches to conflict. Human Organization, 52, 176-185.

Fryer, G.E. y Miyoshi, T.J. (1996). The role of the environment in the etiology of child maltreatment. Aggression and Violent Behavior, 1, 317-326.

Gaudin, J. M., Polansky, N.A., Kilpatrick, A.C. y Shilton, P. (1996). Family functioning in neglectful families. Child Abuse and Neglect, 20, 363-377.

Gracia, E. y Musitu, G. (1993). El maltrato infantil: un análisis ecológico de los factores de riesgo. Madrid: Ministerio de Asuntos Sociales

Herrenkohl, R.C., Herrenkohl, E.C. y Egolf, B.P. (1983).
Circunstances surrounding the occurrence of child maltreatment. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 51, 424-431.

Johnson, P. (2002). Predictors of family functioning within alcoholic families. Contemporary Family Therapy, 24, 371-384.

Kaufman, J. y Zigler, E. (1989). The intergenerational transmission of child abuse. En D. Cicchetti y V. Carlson, Child maltreatment: theory and research on the causes and consequences of child abuse and neglect (pp. 129-150). Cambridge: Cambridge University Press.

Kavanagh, K.A., Youngblade, L., Reid, J.B. y Fagot, B.I. (1988). Interactions between children and abusive versus control parents. Journal of Clinical Child Psychology, 17, 137-142.

Kelleher, K., Chaffin, M., Hollenberg, J. y Fischer, E. (1994). Alcohol and drug disorders among physically abusive and neglectful parents in a community-based sample. American Journal of Public Health, 84, 1586-1590.

Kropp, J.P. y Haynes, O.M. (1987). Abusive and nonabusive mothers’ ability to identify general and specific emotion signals of infants. Child Development, 58, 187-190.

Larrance, D.T. y Twentyman, C.T. (1983). Maternal attributions and child abuse. Journal of Abnormal Psychology, 92, 449-457.

Litty, C., Kowalski, R. y Minor, S. (1996). Moderating effects of physical abuse and perceived social support on the potential to abuse. Child Abuse and Neglect, 20, 305-314

Martínez, A. y De Paúl, J. (1993). Maltrato y abandono en la infancia. Barcelona: Martínez Roca.

McCurdy, K. (2001). Can home visitation enhance maternal social support? American Journal of Community Psychology, 29, 97-112.

Milner, J.S. (1988). An ego-strength scale for the Child Abuse Potential Inventory. Journal of Family Violence, 3, 151-162.

Milner, J.S. (1994). Assessing physical child abuse risk: the Child Abuse Potential Inventory. Clinical Psychology Review, 14, 547-583.

Milner, J.S. (1995). La aplicación de la teoría del procesamiento de la información social al problema del maltrato físico a niños. Infancia y Aprendizaje, 71, 125-134.

Minuchin, S. (1986). Familias y terapia familiar. Buenos Aires: Gedisa

Morales, P., Vicioso, F.C., Garrón, M. y Moreno, J.M. (1999). El maltrato infantil. Un enfoque desde los Servicios Sociales. Ayuntamiento de Badajoz (IMSS).

Moreno, J. M. (2002). Maltrato infantil. Teoría e investigación. Madrid: EOS.

Murphy, J.M., Jellinek, M., Quinn, D., Smith, G., Poitrast, F.G. y Groshko, M. (1991). Substance abuse and serious child mistreatment: prevalence, risk, and outcome in a court sample. Child Abuse and Neglect, 15, 197-211.

Nelson, R.H., Mitrani, V.B y Szapocznik, J. (2000). Applying a family-ecosystemic model to reunite a family separated due to child abuse: a case study. Contemporary Family Therapy, 22, 125-146.

Oliva, A., Moreno, M.C., Palacios, J. y Saldaña, D. (1995). Ideas sobre la infancia y predisposición hacia el maltrato infantil. Infancia y Aprendizaje, 71, 111-124.

Olson, D.H., Russell, C.S. y Sprenkle, D.H. (1983). Circumplex model of marital and family systems: VI. Theoretical update. Family Process, 22, 69-83.

Pianta, R., Egeland, B. y Erickson, M.F. (1989). The antecedents of maltreatment: results of the mother-child interaction research project. En D. Cicchetti y V. Carlson (Eds.), Child maltreatment: theory and research on the causes and consequences of child abuse and neglect (pp. 203-253). Cambridge University Press.

Polansky, N.A. (1985). Determinants of loneliness among neglectful and other low-income mothers. Journal of Social Service Research, 8, 1-15.

Polansky, N.A., De Saix, C. y Sharlin, S.A. (1972). Child neglect. Understanding and reaching the parent. Washington: Child Welfare League of America.

Powell, J.L., Cheng, V.K. y Egeland, B. (1995). Transmisión del maltrato de padres a hijos. Infancia y Aprendizaje, 71, 99-110.

Reiss, D. (1982). The working family: a researcher´s view of health in the house-hold. American Journal of Psychiatry, 139, 1412-1420.

Rivero, A. M. y De Paúl, J. (1994). La transmisión intergeneracional de pautas de comportamiento social en las familias maltratadoras: agresividad, patrones de relación y competencia social. Infancia y Sociedad, 24, 119-137.

Simons, R.L., Whitbeck, L.B., Conger, R.D. y Chyi-In, W. (1991). Intergenerational transmission of harsh parenting. Developmental Psychology, 27, 159-171.

Trickett, P.K. y Susman, E.J. (1988). Parental perceptions of child-rearing practices in physically abusive and nonabusive families. Developmental Psychology, 24, 270-276.

Tymchuc, A. J. y Andron, L. (1990). Mothers with mental retardation who do or do not abuse or neglect their children. Child Abuse and Neglect, 14, 313-324.

Tzeng, O., Jackson, J. y Karlson, H. (1992). Theories of child abuse and neglect: differential perspectives, summaries and evaluations. Nueva York: Praeger.

Van Ijzendoorn, M.H. (1992). Review. Intergenerational transmission of parenting: a review of studies in nonclinical populations. Developmental Review. 12, 76-99.

Whipple, E. y Webbster-Stratton, C. (1991). The role of parental stress in physically abusive families. Child Abuse and Neglect, 15, 279-291.

Wolfe, D. (1985). Child abusive parents: an empirical review and analysis. Psychological Bulletin, 97, 462-482.

Zuravin, S. (1988). Child abuse, child neglect, and maternal depression: is there a connection? Research Symposium on Child Neglect. Washington, D.C.: U.S. Department of Health and Human Services, National Center on Child Abuse and Neglect.

Zuravin, S. y Greif, G.L. (1989). Normative and child-maltreating mothers. Social Casework: The Journal of Contemporary Social Work, 74, 76-84.

Abstract

The research is centred in the study of three indispensable variables in the explanation of child abuse according to Belsky ecosystemic model (1993): the social relationships of the people in charge of the children, the relationship with the whole family and the couple´s relationships.

The sample consists of 107 families and 256 children. The aim is to establish the impact of these variables on the five ways of abuse that make up the sample (physical abuse, emotional abandom, physical abandom, emotional abuse and abuse due to the inability of the person in charge of controlling the child´s behaviour).

The results of the research show the significant connection between some ways of abuse and the quality of the marital relationship. It shows as the social support that receives the family has an influence on the physical and psychological well-being of the members, and we verify that in all the kinds of abuse the people in charge of the children take on a little responsibility about the children.

Etiquetas →  

Compartir

4 comentarios

Deja un comentario

  1. 01
    Nelly Sanchez 10 julio, 2005 3:15

    opinion. trabajo en Colombia con menores maltatados y creo que el problema familiar está determinado esta condiciòn en nuestro caso debido a dificultades economicas principalmente. La investigaciòn es un buen trabajo

  2. 02
    juan manuel moreno manso 10 julio, 2005 8:59

    RE: opinion. Le agradezco su comentario sobre el trabajo de investigación. En Colombia las dificultades son varias. Precisamente en este momento hemos puesto un marcha un macroproyecto en el Valle del Cauca sobre violencia intrafamiliar. Actualmente estamos evaluando a todos los menores de las instituciones educativas del Valle. La muestra es enorme, estamos aplicando la Escala de Bienestar Infantil de Magura y Moses, un test que nos permite evaluar el grado de adaptación personal, familiar, social y escolar de los niños y varias pruebas de personalidad.
    Un saludo,

  3. 03
    Lucía Ortega 15 julio, 2005 18:40

    opinión. Muy buena investigación, claramente planteada y el reporte es muy claro, realmente aporta elementos para la practica clinica.

  4. 04
    DR.PEDRO NOE UBALDO PEREZ 17 julio, 2005 22:53

    FELICITACIONES.. ME PARECE UN ARTICULO INTERESANTE DEBIDO A QUE FLAT MUCHO POR CONOCER, SABER , ESTUDIAR ESTE TOPICO RELACIONADO CON EL MALTRATOP INFANTIL, LA FAMILIA Y LAS RELACIONES DE PAREJA QUE EVIDENTEMENTE INFLUYEN EN EL BUEN DESARROLLO Y FUNCIONAMIENTO TANTO EMOCIONAL, FÍSICO COMO PSICOLÓGICO.

    ME PARECE UN ESTUDIO DE VITAL IMPORTANCIA PARA TENER UN ACERCAMIENTO DE CIFRAS Y TASAS RELACIONADAS CON ESTE PROBLEMA SOCIAL QUE CONLLEVA PSICOPATOLOGÍA.

    FELICIDADES.

Vídeos

Redes 42: La receta para el estrés - neurociencia

Solemos pensar que el estrés es malo, "pero sin él no estaríamos vivos", comenta la neurocientífica canadiense Sonia Lupien, fundadora del Centre for Studies on Human Stress en el Douglas Hospital de Montreal, Canadá.

Asociaciones de pacientes

Adaner Murcia

Asociación en Defensa de la Anorexia nerviosa y Bulimia de la Región de Murcia.

Anadahi

Asociación de Niños y Adultos con Déficit de atención, Hiperactividad e Impulsividad

Webs de interés

Cuidar en Oncología

Web de la SEOM cuyo objetivo es lograr un paciente con mayor autonomía y más implicado en las decisiones relacionadas con su tratamiento al tiempo que dispone de consejos y guías útiles para resolver sus dudas.