1.- INTRODUCCIÓN.
Utilización
del término "dependencia emocional"
Cuando leemos en algún artículo que un
paciente presenta un patrón interpersonal de dependencia emocional, o que depende
emocionalmente de su psicoterapeuta, todos sabemos a grandes rasgos de qué tipo de
psicopatología nos están hablando. Igualmente, en medios de divulgación como prensa,
radio o televisión, en los libros de autoayuda, e incluso en conversaciones informales,
aparece la "dependencia emocional". Sin embargo, este término se utiliza
escasamente en la literatura científica y no tiene el estatus de otros constructos
personológicos como "introversión", "narcisismo" o
"asertividad", por citar sólo algunos conocidos.
No obstante, la dependencia emocional sí
se ha estudiado indirectamente mediante conceptos afines. Dichos conceptos
tienen entidad propia, pero nos han servido para conocer mejor a este fenómeno y a esta
clase de pacientes, y especialmente nos han proporcionado un marco de referencia para su
comprensión, evaluación y tratamiento. Es posible que cuando nos referimos a un paciente
que presenta una pauta permanente de apego ansioso, a otro que mantiene relaciones autodestructivas,
a un tercero codependiente de un alcohólico, a otro con depresión
sociotrópica, y a uno más con adicción amorosa, estemos en ocasiones
hablando con términos o perspectivas diferentes de un mismo tipo de personas: los
dependientes emocionales. No cabe duda de que la aproximación que nos ofrecen estos
conceptos similares es sólo tangencial, y que no podemos equipararlos o utilizarlos como
sinónimos; lo más beneficioso sería, entonces, estudiar los puntos que tienen en común
con la dependencia emocional con el fin de conocerla en profundidad, y después analizar
las diferencias que sin duda existen.
Objetivos
del presente artículo
Este trabajo tiene varias finalidades.
Una de ellas es defender la entidad propia del concepto, a efectos de disponer de un mayor
bagaje de conocimientos sobre él. Esto nos permitiría identificar a los pacientes con
dependencia emocional, comprender mejor sus problemas, realizar hipótesis etiológicas
fundadas para contrastarlas empíricamente, desarrollar instrumentos estandarizados de
evaluación, o diseñar estrategias terapéuticas específicas.
En segundo lugar, y como ya se ha
comentado, diferenciar este constructo de otros similares que también se revisan. Se
examinará dónde existe solapamiento y dónde no, discutiéndose el tipo de discrepancia
que se produce (de contenido o de perspectiva).
A continuación, profundizar en el estudio
de la dependencia emocional, que se define como un patrón persistente de necesidades
emocionales insatisfechas que se intentan cubrir desadaptativamente con otras personas,
analizándose aspectos como sus características, las diferentes hipótesis etiológicas
que se sostienen sobre la génesis de este fenómeno, o su ubicación en los sistemas de
clasificación psicopatológica actuales. Nos serviremos para ello de las mencionadas
afinidades con otros conceptos (sociotropía, personalidad autodestructiva, apego ansioso,
codependencia y adicción amorosa) que nos serán útiles para aprovecharnos de los
hallazgos obtenidos en su investigación, además de utilizar la experiencia clínica con
dependientes emocionales.
2.- CONCEPTOS AFINES. SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS.
Apego
ansioso
En sus trabajos, J.Bowlby describe un
tipo especial de apego infantil, en el que el niño tiene un miedo constante a la
separación de una figura vinculada (por ejemplo, la madre), protesta enormemente cuando
se aleja y se aferra a ella de una manera excesiva. Como su propio nombre indica, el
vínculo que mantienen estos niños no es seguro, y esto produce en ellos un continuo
estado de alerta ante la temida separación y desprotección. Según el citado autor, la
explicación radica en que estos miedos son justificados a causa de la frecuente historia
de separaciones como internamientos en orfanatos, hospitalizaciones, etc.; o bien de
amenazas recurrentes de abandono, que como bien describe Bowlby pueden revestir infinidad
de formas: desde llevar al niño a un castillo plagado de monstruos, hasta dejarlo solo en
un lugar desconocido, por poner únicamente dos ejemplos(1),(2).
El apego ansioso o ansiedad de separación
se ha relacionado con psicopatologías adultas como la depresión y la agorafobia(1),(3) e
indirectamente con el comportamiento violento o antisocial(2).
Las similitudes de este concepto con la
dependencia emocional son evidentes; de hecho, en ésta se presentan los tres
subcomponentes fundamentales del apego ansioso: temor a la pérdida de la figura
vinculada, búsqueda de proximidad, y protesta por la separación(4).
La diferencia entre el apego ansioso y la
dependencia emocional se basa en el enfoque excesivamente conductual del primero, es
decir, en que en su conceptualización los fenómenos del apego y de la separación están
minusvalorados afectivamente. De hecho, las referencias explícitas a las emociones se
producen cuando se describe la reacción ante un apego exitoso (bienestar,
alegría) o uno frustrado (ansiedad, tristeza o ira)(2), por lo que se echa en falta una
mayor relevancia del componente afectivo del vínculo. Bowlby otorga una importancia
excesiva a una separación puntual o al recuerdo de amenazas de abandono, y sin duda la
tienen, pero sólo si son un aspecto más de unas relaciones familiares
perturbadas o insatisfactorias. Autores como M.Rutter han expuesto muy acertadamente
que lo patógeno no es en sí una separación temporal, sino la pérdida de vínculos
afectivos creados, y mucho más cuando no hay oportunidad para crear otros nuevos o se
producen situaciones de indefensión (peligros, soledad, entorno desconocido)(5). El
mencionado autor llegó a la conclusión fundada empíricamente de que tanto las
experiencias repetidas de desamparo como la deficiente calidad de la relación previa
podían ser por sí mismas determinantes de la ansiedad de que se produzca una separación,
y por tanto del apego ansioso posterior. Esto explicaría las diferencias individuales en
las reacciones ante la separación, observadas por el propio Bowlby.
El enfoque etológico propugnado por este
autor puede haber influido en esta perspectiva puramente observacional de acontecimientos
y reacciones manifiestas, minusvalorando los sentimientos subyacentes. La finalidad
evolutiva de la conducta de apego, según el citado autor, sería la del cuidado de la
progenie y protección contra los peligros, resultando suficiente para el niño la
cercanía de un adulto -siempre y cuando no tenga expectativas negativas al respecto, como
sucede cuando se han producido de hecho separaciones o amenazas-. En el presente trabajo
se sostiene que el vínculo afectivo presenta una segunda finalidad biológica aparte de
proporcionar seguridad, y es la de relacionar emocionalmente a los individuos con el
propósito de lograr una organización social cohesionada, y es esta finalidad la que
está directamente relacionada con la dependencia emocional. Aquí la necesidad
insatisfecha no es la de protección y cuidado, única invocada en la teoría del apego,
sino la de afecto, y así lo demandan explícitamente las personas que sufren de carencias
emocionales. Las figuras vinculadas no son sólo "bases seguras"(2).
En definitiva, nos encontramos con que los
dependientes emocionales siempre presentan apego ansioso, pero lo contrario no es cierto,
porque la ansiedad de separación se puede dar también por otros motivos como la
indefensión o la falta de capacidades para desenvolverse en la vida cotidiana, como por
ejemplo se produce en las personas diagnosticadas de trastorno de la personalidad por
dependencia (ver más adelante).
Sociotropía
Desde hace tiempo se ha observado que
existen dos grandes tipos de estilos cognitivos en los pacientes deprimidos: uno de ellos
centrado en la dependencia interpersonal, la necesidad imperiosa de afecto, o el temor y
la sobrevaloración del rechazo; el otro más independiente y perfeccionista, con
rumiaciones sobre el fracaso o la inutilidad. Al primero de los estilos cognitivos se le
denominó "sociotropía" y al segundo "autonomía", pasando después a
considerarse como rasgos de personalidad predisponentes a la depresión, que interactuaban
con eventos vitales que los pacientes percibían como estresantes de acuerdo con sus
creencias(6).(7),(8) y que poseían perfiles sintomatológicos diferentes(9). En la
sociotropía, los acontecimientos desencadenantes estarían más ligados al rechazo, y en
la autonomía a los logros personales(10),(11). Podemos afirmar que la sociotropía ha
tenido más aceptación y evidencia empírica favorable que la autonomía, encontrándose
en este constructo hallazgos contradictorios sobre su validez(6),(9),(12),(13).
Sin duda, la sociotropía es uno de los
conceptos más parecidos al que estamos estudiando en el presente trabajo. Los lamentos y
las creencias subyacentes en un caso de depresión sociotrópica son fieles exponentes del
sufrimiento que puede llegar a padecer un dependiente emocional, hasta el punto que
podemos hablar de conceptos solapados. No obstante, para cumplir con nuestro objetivo de
situar a la dependencia emocional donde le corresponde, no podemos considerarla
únicamente como un rasgo de personalidad que predispone a la depresión. Un concepto que
ha de tener relevancia propia no debe estar subordinado a otro; sería como concebir a la
evitación solamente como un rasgo que predispone a padecer ciertos trastornos de
ansiedad. Situar un rasgo de personalidad en la perspectiva de la depresión trae
como consecuencia descuidar su existencia en pacientes asintomáticos, al margen de que el
término "dependencia emocional" sea mucho más adecuado que el de
"sociotropía" para dar cuenta de los componentes fundamentales de necesidad y
anhelo subyacentes.
Personalidad
autodestructiva
Desde el psicoanálisis clásico se ha
venido estudiando un tipo llamativo de carácter, en el que aparentemente se busca
el dolor y se niega la experimentación de sensaciones agradables o placenteras. Desde su
denominación original de "masoquista", esta personalidad ha pasado a
convertirse en "autodestructiva", con tal de eliminar la supuesta necesidad de
castigo o el placer en el dolor que se habían sugerido como hipótesis etiológicas desde
la tradición psicodinámica. Actualmente este concepto se considera como un trastorno de
la personalidad, caracterizado por: mantenimiento de relaciones interpersonales de
subordinación; rechazo de ayuda o elogios; estado de ánimo disfórico y/o ansioso;
minusvaloración de los logros; tendencia a emparejarse con personas explotadoras; escasa
evitación del dolor; asunción del papel de víctima; etc.(14). Además, poseen escasas
habilidades sociales como la asertividad(15),(16) tienden a padecer trastornos
depresivos(17) su autoestima es muy baja(18), y apenas experimentan placer en sus
vidas(19),(20).De acuerdo con el presente trabajo, se ha relacionado la personalidad
autodestructiva con la sociotropía(17) y con apegos ansiosos(21).
El componente más afín de este concepto
con la dependencia emocional es, sin duda, el interpersonal. La descripción de las
relaciones de sumisión que llevan a cabo, el anhelo por preservarlas a cualquier coste, o
el emparejamiento con personas narcisistas y explotadoras, son también la esencia de la
dependencia emocional, que, ciertamente, es autodestructiva. Otros rasgos son también
comunes, como el estado de ánimo disfórico o la pobre autoestima. No obstante, existen
otros componentes como la escasa evitación del dolor, el rechazo de ayuda, o los
comportamientos autopunitivos y de "sabotaje interno", que no son propios del
concepto objeto del presente estudio.
Pero la diferencia más fundamental, que se
expone a continuación, es de perspectiva. Se han postulado numerosas hipótesis para
explicar este comportamiento, desde las psicoanalíticas tradicionales sobre la génesis
del masoquismo, hasta otras más modernas de diversa procedencia teórica. Desde el
conductismo se ha afirmado que el comportamiento autodestructivo pudo haber sido reforzado
con cuidados y atención en la historia de estos sujetos, pero se ha encontrado que es
más bien todo lo contrario: cuando estas personas estaban enfermas recibían una mayor
desatención, inconsistencia y falta de cariño(22). Las hipótesis psicodinámicas más
actuales giran en torno a la psicología del self (utilizaremos "self" en lugar
de "sí-mismo") y se fundamentan en la necesidad crónicamente insatisfecha de
simbiosis con determinadas personas objetos del self-, a efectos de reafirmar
la autoestima(23),(24). En el capítulo dedicado a las hipótesis etiológicas nos
detendremos en esta interesante propuesta. Desde un punto de vista más ecléctico que
integrador, Millon y Davis(25) especulan que los masoquistas -utilizando su terminología-
persisten en las situaciones de sufrimiento para acostumbrarse mejor al dolor, expían sus
culpas por deseos no reconocidos, y asocian el sometimiento con la aceptación.
Como podemos observar, muchas de las
hipótesis parten del supuesto de que estos sujetos son masoquistas (es decir, gozan del
dolor) o por lo menos "autodestructivos", término que continúa recordándonos
su procedencia psicoanalítica y que sigue teniendo connotaciones peyorativas, como la de
inculpar a la víctima. Como veremos más adelante, desde este trabajo se proponen
hipótesis etiológicas de naturaleza bastante diferente, quizá más cercanas a las
provenientes de la psicología del self, y que se centran más en las graves carencias
emocionales y en el mantenimiento de pautas relacionales patogénicas como la
idealización excesiva, la subordinación a la persona encumbrada o la continua
autoanulación para congraciarse con ella. Los dependientes emocionales no tienen como
fin autodestruirse, y ni mucho menos gozan del dolor, sino que tienen una autoestima
deficiente, un sentimiento continuo de soledad y una insaciable necesidad de afecto que
les conducen a emparejarse con personas explotadoras, que les maltratan y no les
corresponden. Ésta es la diferencia fundamental con la personalidad autodestructiva.
Codependencia
Este concepto, un tanto confuso, se
creó para dar cuenta de las diversas perturbaciones emocionales que ocurrían en las
parejas de personas con trastornos relacionados con sustancias. Aunque no se puede definir
claramente un patrón de personalidad codependiente, sí existen ciertas características
identificativas de estas personas: se obsesionan y preocupan más del trastorno
relacionado con sustancias generalmente alcoholismo y toxicomanías- que la propia
persona que lo padece, con la consiguiente necesidad de control de su
comportamiento(26),(27); presentan una gran comorbilidad con trastornos del eje I(28); se
descuidan o autoanulan(28),(29); tienen baja autoconfianza y autoestima(26),(28),(30); y
se involucran continuamente en relaciones de pareja dañinas y abusivas(29).
Aparentemente, los paralelismos con la
dependencia emocional son incuestionables: baja autoestima, subordinación, desarrollo de
relaciones interpersonales destructivas, temor al abandono, o falta de límites del ego.
No obstante, analizando más en profundidad este concepto, surgen algunas discrepancias.
La primera es de perspectiva, y es que la codependencia está condicionada por otra
persona, generalmente un alcohólico o un toxicómano, aunque también se haya extrapolado
este concepto a otras situaciones como la convivencia con enfermos crónicos. Los
dependientes emocionales no están vinculados necesariamente con personas que sufran
enfermedades o condiciones estresantes crónicas como las mencionadas, e incluso pueden
estar solos. El concepto de codependencia se sitúa en la perspectiva de los trastornos
relacionados con sustancias.
La segunda diferencia es de contenido.
Aunque, como hemos dicho, no podemos configurar un patrón homogéneo de la personalidad
de los codependientes, sí es frecuente en ellos la autoanulación para entregarse y
cuidar a la persona con problemas. Ciertamente, un dependiente emocional puede realizar
los mismos actos, pero con una diferencia notable de fondo: lo hará únicamente para
asegurarse la preservación de la relación, y no por esa continua entrega y
preocupación por el otro que caracteriza a los codependientes. Podríamos calificar a los
codependientes como abnegados, siendo sus motivos altruistas aun con una desatención
patológica hacia sus propias necesidades; estando el dependiente emocional en el caso
opuesto, centrado únicamente en sus gigantescas demandas emocionales. Cuidar y entregarse
sería un fin para el codependiente, y sólo un medio para el dependiente emocional. En
todo caso, al no tratarse de una diferencia lo suficientemente manifiesta, muchos
dependientes emocionales emparejados con personas alcohólicas o toxicómanas habrán sido
calificados como "codependientes", motivo por el cual se incluye este concepto
en la revisión de términos afines.
Adicción
al amor
Conceptualmente, podemos equiparar la
adicción amorosa con la dependencia emocional. Se trata de una de las nuevas
"adicciones sin sustancias", aunque es posiblemente tan antigua como el propio
ser humano. Algunos trabajos han estudiado este fenómeno comparándolo con el modelo
tradicional de los trastornos relacionados con sustancias(31),(32),(33) encontrando
numerosas coincidencias que han justificado su denominación de "adicción":
necesidad irresistible ("craving") de tener pareja y de estar con ella;
priorización de la persona objeto de la adicción con respecto a cualquier otra
actividad; preocupación constante por acceder a ella en caso de no encontrarse presente
("dependencia"); sufrimiento que puede ser devastador en caso de ruptura
("abstinencia"), con episodios depresivos o ansiosos, pérdida aún mayor
de autoestima, hostilidad, sensación de fracaso, etc.; y utilización de la adicción
para compensar necesidades psicológicas.
Como hemos dicho, la equivalencia de
contenido con la dependencia emocional es total. No podemos afirmar lo mismo en el caso de
la perspectiva de ambos conceptos, y es que en la adicción amorosa el punto de vista se
focaliza en las relaciones interpersonales, es decir, en la existencia de una dependencia
real hacia un objeto de adicción: la pareja. En este momento reiteramos lo expuesto en la
revisión de la codependencia, y es que el dependiente emocional no necesariamente tiene
que estar involucrado en una relación para serlo. Podemos clarificar esta matización
manifestando que el dependiente emocional puede estar "asintomático"
-entendiendo la adicción como el síntoma- pero por supuesto continuar siéndolo, y que
sólo se convertirá en un adicto al amor cuando esté involucrado en una de sus numerosas
relaciones destructivas. Esta diferencia de perspectiva es fundamental, porque si se nos
presenta en la consulta una persona con tendencia a ser "adicta al amor" pero
que actualmente se encuentra sola, quizá pensemos que nos baste con una prevención de
recaídas dentro de un planteamiento cognitivo-conductual (por otra parte, totalmente
indicado para cualquier otra adicción con o sin sustancias); mientras que si entendemos
al paciente como a un dependiente emocional, enfocaremos la intervención en la
comprensión y reestructuración de su personalidad, utilizando técnicas interpersonales,
psicodinámicas, o de reestructuración cognitiva sobre sus creencias nucleares.
Conclusiones
No cabe duda de que estos conceptos se
solapan en gran medida con la dependencia emocional y entre ellos mismos(17),(32), pero en
ningún caso podemos afirmar que sean sinónimos o totalmente equivalentes. Se han
detallado las diferencias existentes con el propósito de delimitar el concepto objeto del
presente estudio, matizando si éstas eran de contenido (comportamiento derrotista y
búsqueda del dolor -personalidad autodestructiva-, abnegación codependencia-) o de
perspectiva de estudio (subordinación a trastornos depresivos sociotropía-,
influencia de determinados presupuestos etiológicos y connotaciones peyorativas del
término personalidad autodestructiva-, enfoque prioritariamente conductual
apego ansioso- o existencia imprescindible de otra persona, sea dependiente de
sustancias u objeto de adicción codependencia y adicción amorosa
respectivamente-). Siendo estos conceptos importantes y necesarios, en el presente trabajo
se señala la necesidad de la creación de uno específico para la dependencia emocional,
que nos proporcione a los profesionales de la salud mental un adecuado marco de referencia
para la comprensión y tratamiento de este fenómeno psicopatológico.
3.- CARACTERÍSTICAS DE LA DEPENDENCIA EMOCIONAL.
Como se ha indicado, se define la
dependencia emocional como un patrón crónico de demandas afectivas frustradas, que
buscan desesperadamente satisfacerse mediante relaciones interpersonales estrechas. No
obstante, como expondremos más adelante, esta búsqueda está destinada al fracaso, o, en
el mejor de los casos, al logro de un equilibrio precario. A continuación detallaremos
las características que posee este constructo, clasificadas en diferentes ámbitos. Es
preciso recordar en este momento que lo que conocemos sobre las características y la
etiología de la dependencia emocional proviene del análisis de los conceptos afines
antes reseñados sobre todo aquéllos similares en su contenido-, y por supuesto de
la experiencia clínica con estos pacientes.
Relaciones
interpersonales
En este apartado nos centraremos en las
relaciones de pareja por ser las más representativas, aunque gran parte de lo expuesto
sobre éstas se puede extrapolar perfectamente a otras, con las lógicas diferencias de la
significación que tengan para el individuo. Por ejemplo, un dependiente emocional puede
tener pautas similares de interacción con un amigo y con su pareja, pero la intensidad de
sentimientos, pensamientos y comportamiento será menor.
Para describir las relaciones que llevan a
cabo estas personas, nos apoyaremos parcialmente en el trabajo de B.Schaeffer sobre los
adictos al amor(33) y en las interacciones que se producen en la personalidad
autodestructiva.
Éstas son las características de las
relaciones interpersonales, especialmente de pareja, de los dependientes emocionales:
Por supuesto, a medida que el vínculo es
más relevante la necesidad es mayor, pero también hay cierta preocupación por
"caer bien" incluso a desconocidos. Lo excesivo de esta necesidad genera en
ocasiones rumiaciones sobre su aceptación por un determinado grupo, empeños en tener una
buena apariencia, o demandas más o menos explícitas de atención y afecto.
Éste es uno de los rasgos más molestos en
estas personas, motivo frecuente de enfados y rupturas. La necesidad de la pareja (o del
amigo, hijo...) es realmente una dependencia como se produce en las adicciones, lo
que genera que el otro sujeto se sienta con frecuencia invadido o absorbido. El
dependiente emocional quiere disponer continuamente de la presencia de la otra persona
como si estuviera "enganchado" a ella, aspecto comportamentalmente similar al
apego ansioso. Llamará continuamente a su pareja al trabajo, le pedirá que renuncie a su
vida privada para estar más tiempo juntos, demandará de ella atención exclusiva y
todavía le parecerá insuficiente, etc. No debemos perder de vista que el motivo
subyacente no es la posesión o el dominio, sino la tremenda necesidad afectiva de estos
individuos. En cualquier caso, es comprensible la sensación de agobio que produce en sus
parejas.
En sus trabajos sobre la adicción al amor,
Schaeffer compara este fenómeno con la intoxicación de los alcohólicos o
drogodependientes. Posiblemente, son de los pocos momentos verdaderamente felices de su
vida: cuando empiezan una relación o al menos tienen posibilidades de que esto ocurra. La
excesiva euforia que manifiestan se refleja en expectativas irreales de formar pareja con
alguien a quien no conocen bien, o en su injustificado encumbramiento.
Esta característica ha sido muy estudiada
en la investigación sobre la personalidad autodestructiva. Su pobre autoestima, y la
elección frecuente de parejas explotadoras (ver más adelante el apartado sobre la
"elección de objeto") conducen al dependiente emocional a una continua y
progresiva degradación. Tienen que soportar desprecios y humillaciones, no reciben
verdadero afecto, en ocasiones pueden sufrir maltrato emocional y físico, observan
continuamente cómo sus gustos e intereses son relegados a un segundo plano, renuncian a
su orgullo o a sus ideales, etc. Su papel se basa en complacer el inagotable narcisismo de
sus parejas, pero lo asumen siempre y cuando sirva para preservar la relación.
Es importante diferenciar la subordinación
altruista, que puede darse en personalidades abnegadas o en codependientes, de la
egoísta, que es la que aparece aquí. Los dependientes emocionales se dan para recibir
por su terrible anhelo de mantener la relación, igual que el jugador patológico gasta
todos sus ahorros por la irresistible necesidad de continuar jugando.
Hemos comentado que los pocos momentos de
felicidad se producen ante la posibilidad de iniciar una relación, y es que las enormes
expectativas que despierta no se ven luego cumplidas. Las parejas que forman suelen ser
tan insatisfactorias como patológicas porque no se produce intercambio recíproco de
afecto, responsable del incremento de la autoestima y de la calidad de vida de sus
componentes. No obstante, estas personas están tan poco acostumbradas a quererse y a ser
queridas que no esperan cariño de su pareja, simplemente se enganchan obsesivamente a
ella y persisten en la relación por muy frustrante que ésta sea. Como veremos más
adelante, necesitan tremendamente de otra persona, pero en realidad no conocen lo que
demandan porque nunca lo han disfrutado de manera adecuada: afecto.
Tras todo lo expuesto, es inevitable que
antes o después devenga una ruptura, aunque curiosamente no parta del dependiente
emocional, sino de su pareja narcisista que, como veremos más adelante, busca a una nueva
persona que le rinda pleitesía. A esto puede contribuir el comportamiento excesivamente
apegado de la persona con necesidades emocionales, su estado de ánimo ansioso y
disfórico, el paradójico desprecio del narcisista hacia la persona que se somete, etc.
A pesar de lo patológico e insatisfactorio
de este tipo de relaciones, el trauma que supone la ruptura es verdaderamente devastador,
y constituye con frecuencia el acontecimiento precipitante de episodios depresivos mayores
aquí situaríamos a la depresión sociotrópica- u otras psicopatologías. No
obstante, "el periodo de abstinencia" les conduce a buscar de nuevo otra pareja,
y así se forma un auténtico círculo vicioso.
Su baja autoestima y constante necesidad de
agradar impide que desarrollen una adecuada asertividad. Además, si su demanda de
atención hacia otra persona alcanza ciertos límites, pueden manifestarla sin importarles
demasiado la situación o las circunstancias, mostrando así falta de empatía. Por
ejemplo, un individuo con dependencia emocional puede enfadarse con un amigo porque no va
a visitarle, aunque éste argumente que al día siguiente tiene un examen de oposición
muy importante.
Autoestima
Si existe un denominador común en todos
los conceptos afines reseñados con anterioridad, es la baja autoestima y
autoconfianza(18),(25),(30),(33),(34),(35). Estos sujetos no se quieren porque durante su
vida no han sido queridos ni valorados por sus personas significativas, sin dejar por
este motivo de estar vinculados a ellas.
Consecuentemente, el autoconcepto es
también pobre, y en numerosas ocasiones no se corresponde con la realidad objetiva del
individuo a causa de su continua minusvaloración. Tienen, en general, una autoimagen de
perdedores que minimiza o ignora lo positivo de ellos mismos y de sus vidas(36).
Estado de
ánimo y comorbilidad
La razón de unir en un mismo epígrafe
estos dos ámbitos es que están enormemente relacionados, ya que el estado anímico y sus
fluctuaciones determinan en gran medida las frecuentes comorbilidades que se producen.
Su expresión facial y su humor denotan una
tristeza honda y arraigada, con lógicas fluctuaciones. Cuando sufren preocupaciones
suelen girar en torno a una separación temida (ansiedad de separación) o a sentimientos
de desvalimiento emocional y vacío, más frecuentes cuando no están inmersos en
relaciones estrechas. Dichos estados anímicos están generados por la baja autoestima y
las necesidades emocionales crónicamente insatisfechas, sin contar con los efectos de las
circunstancias adversas que atraviesan al emparejarse con sujetos narcisistas y
explotadores.
Todos los conceptos afines revisados
presentan un patrón similar de comorbilidades, pero entre ellos destaca la sociotropía,
creado desde la perspectiva de los trastornos depresivos. Los dependientes emocionales
presentan con frecuencia episodios depresivos cuando se rompe una relación, por muy
patológica e insatisfactoria que ésta sea, y así surgió el concepto de depresión
sociotrópica.
En los periodos en que sus relaciones
corren grave peligro de romperse pueden llegar a padecer trastornos por ansiedad, con el
riesgo consiguiente de abuso y dependencia de sustancias tales como tranquilizantes,
alcohol, etc.
Más adelante propondremos la dependencia
emocional como un trastorno de la personalidad, y como tal es común la presencia
simultánea total o parcial de otros síndromes del Eje II. Entre ellos podemos destacar
los trastornos de la personalidad por evitación o histriónico.
Elección
de objeto
Este término, proveniente del
psicoanálisis, denota los rasgos que una persona busca en otra para vincularse con ella,
y suele utilizarse en el contexto de las relaciones amorosas, como haremos en el presente
trabajo. Las parejas u "objetos" hacia los que tienden los dependientes
emocionales se caracterizan por:
Los dependientes emocionales no son muy
selectivos a causa de sus necesidades acuciantes, pero si rastreamos factores comunes en
la aparente heterogeneidad de sus objetos, encontramos uno que destaca especialmente:
todos tienen una férrea autoestima, en muchas ocasiones superior a la media. Con
frecuencia, este rasgo arrastra una serie de implicaciones como el narcisismo y la
dominación que se detallarán más adelante dentro de este mismo apartado. Lo que en este
momento nos importa es que su posición "superior" con respecto a las demás
personas, y sobre todo si éstas son de pobre autoestima como sucede con los dependientes
emocionales, les convierte en individuos especialmente susceptibles de idealización.
Hemos comentado que las personas con graves
necesidades afectivas realmente no esperan ni buscan cariño porque nunca lo han recibido
ni siquiera de sí mismas-, y podemos añadir ahora que tampoco están capacitadas
para darlo por el mismo motivo, simplemente se apegan obsesivamente a un objeto al que
idealizan. ¿Por qué sólo se interesan por objetos "idealizables"? Porque su deficiente
autoestima provoca en ellas un estado de fascinación cuando encuentran a una
persona tremendamente segura de sí misma, con cierto éxito o capacidades (aunque muchas
veces sean más supuestas que reales), y que observa al resto del mundo "desde las
alturas". Las personas con mayor equilibrio emocional buscan objetos similares para
establecer relaciones simétricas, pero en las dependientes sucede todo lo contrario,
creen ver a su salvador en los objetos que poseen todo lo que les falta a ellas: amor
propio.
Aunque excede los propósitos del presente
estudio, debemos señalar que es un fenómeno similar al de los ídolos y fans en la
adolescencia: fascinación ante objetos susceptibles de encumbramiento por poseer
características que los distinguen de los comunes. Los dependientes emocionales
entienden el amor como apego, sumisión y admiración al objeto idealizado, y no como un
intercambio recíproco de afecto.
En sus trabajos con individuos con
perturbaciones del self, H.Kohut(37) describe una interacción similar entre paciente y
terapeuta: la transferencia idealizadora. En su teoría sobre el narcisismo, entendido en
un sentido evolutivo, afirma que para poseer una sana autoestima el niño debe
internalizar a un objeto (objeto del self) que sea idealizable y que al mismo
tiempo le elogie. A juicio de este autor, los pacientes con transferencia idealizadora han
carecido de un objeto del self idealizado, y por eso ensalzan al terapeuta y a otras
personas. En sus palabras, están "hambrientos de ideal"(38). Volveremos sobre
este autor en el capítulo sobre hipótesis etiológicas.
Como hemos mencionado, los objetos
generalmente elegidos por los dependientes emocionales son en muchas ocasiones ególatras,
narcisistas y manipuladores. Carecen de empatía y afecto, creen que poseen privilegios y
habilidades fuera de lo común, y que los demás deberían estar continuamente
alabándoles y concediendo prerrogativas. El carácter sumiso y torturado del dependiente
emocional no hace más que potenciar y perpetuar estos rasgos. No hay que olvidar que las
diferencias reales entre ambos componentes de la pareja son de autoestima, pudiendo darse
la paradoja de que el dependiente emocional posea capacidades y habilidades superiores a
las de su objeto, aunque ninguno de los dos lo reconozca así. La sobrevaloración de un
polo se complementa a la perfección con la minusvaloración del otro.
Desde un marco conceptual diferente,
O.Kernberg(39) manifiesta al referirse a la personalidad depresivo-masoquista (equivalente
a la personalidad autodestructiva) que sus objetos predilectos son sádicos e
inaccesibles, y Glickauf-Hugues y Wells(24) señalan, para este mismo tipo de
personalidad, que tienden a escoger objetos con estructuras narcisistas y límites a los
que idealizan.
Con todas las características expuestas
anteriormente, nos damos cuenta de que con muchísima frecuencia los dependientes
emocionales se involucran en relaciones asimétricas, asumiendo ellos la posición
subordinada y los objetos la dominante. Los caracteres narcisistas se distinguen por su
fatuidad, deseo de elogios y desprecio hacia los demás. Los dependientes emocionales son
su objeto perfecto: se someten con tal de preservar la relación; no les "hacen
sombra" por su baja autoestima; les admiran continuamente, ignorando sus defectos y
ensalzando sus virtudes; soportan e incluso aceptan como normales los desprecios y
humillaciones sistemáticas que sufren por su parte; les sirven para consolidar su
posición de superioridad con respecto al mundo; etc. A este respecto, autores como
Schaeffer(33) afirman que los adictos al amor poseen unas "débiles fronteras del
ego", aseveración que aquí se suscribe únicamente por su valor descriptivo y
metafórico. Lo cierto es que presenciar cómo una persona puede infravalorarse y
subordinarse tanto a otra, llegando en ocasiones a perder su identidad y criterios
personales, justifican plenamente este tipo de afirmaciones.
4.- HIPÓTESIS ETIOLÓGICAS.
Como se indica en el mismo epígrafe,
los factores etiopatogénicos expuestos en este capítulo son de naturaleza hipotética;
ahora bien, poseen una incuestionable base empírica fruto de la investigación de los
conceptos afines revisados, los trabajos efectuados con estos pacientes desde determinadas
corrientes psicodinámicas, y la experiencia clínica.
Factores
causales
A efectos de claridad expositiva, se
dividirá este apartado en tres subapartados. Los dos primeros tratarán de explicar el
origen de la dependencia emocional desde el punto de vista que se sostiene en el presente
trabajo. En el tercer subapartado se expondrán de forma crítica y comparativa los
planteamientos psicodinámicos más influyentes, por tratarse de la corriente psicológica
más preocupada en el estudio de estos pacientes.
Puede llamar la atención la no inclusión
de factores genéticos dentro de los causales. Actualmente se considera obsoleto cualquier
posicionamiento extremista genético vs. ambiental, abogándose por una concepción
interaccionista del ser humano en la que el patrimonio genético y el entorno se afectan
recíprocamente. Un ejemplo indiscutible de la naturaleza interactiva genético-ambiental
del ser humano es la inteligencia. Desde este trabajo se suscribe en su totalidad este
posicionamiento, siendo el único motivo de la mencionada exclusión la falta de
información al respecto en la literatura científica actual. Igualmente, y debido a la
propia naturaleza de nuestro objeto de estudio, se considera que los factores ambientales
son condición necesaria para el desarrollo de la dependencia emocional.
Carencias afectivas tempranas.
De acuerdo con Millon y Davis(25) y
multitud de autores y corrientes psicológicas, las experiencias tempranas juegan un papel
trascendental en la constitución psicobiológica del individuo. Con el paso de los años,
las experiencias posteriores se asimilarán fundamentándose en las iniciales, y a su vez
el sujeto se acomodará adaptativamente a dicha información reciente. El concepto de
"esquema", creado por la psicología cognitiva, da cuenta de este intercambio
recíproco entre información pretérita y reciente. Un esquema es un patrón
interiorizado fruto de experiencias iniciales, que sirve de base para el aprendizaje de
las posteriores y que es susceptible de modificación por éstas. Como veremos cuando
expongamos los factores mantenedores, se ha extendido la utilización de los
"esquemas" al ámbito afectivo e interpersonal(40).
¿Cómo han sido estas primeras
experiencias afectivas en los dependientes emocionales? Podríamos etiquetarlas como
frustrantes, insatisfactorias, frías, menospreciadoras, etc., y sólo tendríamos una
remota idea de lo que significa para estos sujetos no ser adecuadamente queridos y
valorados por sus personas significativas, aunque lo anhelaran con todas sus fuerzas.
En cualquier caso, su existencia torturada y las profundas necesidades emocionales que no
dudan en exteriorizar, nos sirven para aproximarnos a sus sentimientos y a su historia.
Consecuentemente, estas primeras experiencias han ido conformando esquemas cognitivos y
emocionales como el pobre autoconcepto, la idealización de los objetos, la búsqueda de
las necesidades insatisfechas en dichos objetos, la sumisión como estrategia -coherente
con la baja autoestima- para evitar el abandono, la idea de amor como apego obsesivo y
admiración en lugar de como un intercambio recíproco de afecto, etc.
En los estudios sobre los conceptos afines
revisados, se llega a las mismas conclusiones sobre la naturaleza de estas carencias
afectivas tempranas. Refiriéndose al apego ansioso, Rutter(5) afirma que éste es mayor
cuando las relaciones previas con el objeto apegado son perturbadoras e insatisfactorias.
Por ejemplo, la repulsión y los rechazos maternos hacen incrementar y no disminuir la
conducta de apego, y la ansiedad tras una separación es mayor si la relación precedente
es negativa. En este mismo sentido pero dentro de su particular marco teórico, Bowlby2
considera que una "base segura" en la niñez, entendida como la presencia y
accesibilidad de figuras adultas, es condición básica para la autoestima y
autoconfianza. En sus trabajos sobre la adicción al amor, Schaeffer(33) manifiesta que
estas personas tratan de cubrir con su dependencia necesidades insatisfechas durante su
infancia. Finalmente, diversos estudios sobre las experiencias vitales tempranas de las
personas autodestructivas llegan a las mismas conclusiones: Williams y Schill(21)
informaron que la crianza de dichas personas fue descrita por ellas mismas como
ambivalente, fría y rechazante; y Glickauf-Hugues y Wells(24) aseveran que el ambiente de
su niñez fue errático y frustrante.
Mantenimiento de la vinculación.
Con lo expuesto hasta el momento, se puede
objetar que dichas carencias afectivas no son exclusivas de los dependientes emocionales,
y que las podemos encontrar incluso más graves y con existencia de abusos de todo tipo en
la historia de pacientes límite y antisociales. Quizá llama más la atención la
ostensible diferencia que existe entre los dependientes emocionales y las personalidades
antisociales, y es que los primeros mantienen su capacidad para vincularse con los
demás, mientras que los segundos la tienen gravemente menoscabada.
Vamos a intentar explicar el porqué de
esta diferencia, dejando de lado la incuestionable influencia de factores biológicos,
socioculturales y de aprendizaje que se produce en el comportamiento antisocial.
Comenzaremos apoyándonos en un concepto de la teoría de Bowlby: el desapego(1),(2).
Éste se produce en los niños cuando se reencuentran con el padre o la madre después de
una separación significativa, y consiste en un comportamiento activo de rechazo,
acompañado de sentimientos de rencor, disgusto y desprecio. Dependiendo de la intensidad
de la mencionada separación y de la calidad de la relación previa, añadimos
nosotros-, el desapego durará más o menos tiempo.
Lo que este concepto de Bowlby nos indica
es que los vínculos tempranos con los padres u otras personas significativas se pueden
romper temporal e incluso permanentemente, y que esta ruptura está acompañada de una
profunda ira. Matizando la naturaleza de dicha ruptura, insistimos en que no es
imprescindible una separación para que se produzca el desapego, puede existir presencia
física pero no emocional de los padres, por no hablar de negligencia, malos tratos, etc.
La desvinculación -entendiendo "vinculación" y
"desvinculación" como los dos extremos de un continuo-, que es como preferimos
denominar a este fenómeno para incidir en su esencia afectiva, y la agresividad
consiguiente, pueden quedar grabadas constituyéndose como esquemas prioritarios de
relación interpersonal. Sin duda alguna esto es lo que sucede con las personalidades
antisociales, y lo que explicaría su insensibilidad hacia los demás, su prepotencia y la
rabia descomunal que esconden y por desgracia muchas veces manifiestan.
Abundando sobre esta cuestión, Rutter(5)
afirma con apoyo empírico que las personalidades antisociales tienen una historia
característica de ruptura de vínculos previamente formados, por pobres e
inestables que éstos fueran. Añade que los psicópatas presentan una peculiaridad
adicional, y es que nunca han tenido las condiciones adecuadas para poder formar
vínculos, ni siquiera insatisfactorios y patológicos como en los caracteres
antisociales. Aludiendo al fenómeno de la psicopatía, especula sobre posibles periodos
críticos para la formación de vínculos, tema que excede los fines del presente trabajo.
Si las personas antisociales han conseguido
desvincularse en mayor o menor medida, ¿por qué los dependientes emocionales no lo han
hecho? En principio, parece que la gravedad de las carencias afectivas no ha sido tan
pronunciada. De hecho, los adjetivos que hemos utilizado en el subapartado anterior
refiriéndonos a sus experiencias tempranas han sido "frías",
"rechazantes", "ambivalentes" o "erráticas". Además, las
familias de origen no están tan desestructuradas, prueba de ello es que no son comunes
los abandonos graves, las negligencias, los abusos sexuales, físicos, etc. De esto
deducimos que la desvinculación que se produce en las personas antisociales es fruto de
lo peculiar de su entorno, de sus experiencias adversas, y de sus vínculos tan frágiles
y precarios, y hasta podemos calificarla de reacción adaptativa, al menos mientras se
producen dichas condiciones. Sin embargo, los dependientes emocionales han mantenido la
vinculación, aun siendo insatisfactoria.
Al margen de no haber sufrido unas
experiencias tan terribles, un segundo factor que juega en contra de la desvinculación es
la baja autoestima. A veces tratamos con pacientes que, después de estar hundidos por una
frustración emocional por ejemplo, un desengaño amoroso-, recuperan su autoestima
e inmediatamente incrementan su desvinculación, acompañada de rencor y desprecio. Es
como si el sustento en uno mismo hiciera falta para ser capaz de separarse emocionalmente
de los demás -cabría añadir que la desvinculación potencia a su vez la
autoestima, ya que ésta se hace más independiente y no precisa tanto del soporte
afectivo de los demás-; pero para esto es imprescindible poseer una
autoestima con un mínimo de consistencia, hecho que no sucede en los dependientes
emocionales.
Así, sugerimos que las experiencias
afectivas tempranas de los dependientes emocionales no son lo suficientemente negativas
como para provocar una desvinculación severa; ni lo suficientemente positivas como para
posibilitar una autoestima mínimamente consistente. Desde siempre, mantienen sus
vínculos hacia personas insatisfactorias emocionalmente.
Perspectivas psicodinámicas: exposición y crítica.
Los dependientes emocionales aparecen con
mucha frecuencia en la literatura psicoanalítica desde su inicio, adoptando distintas
formas o denominaciones: "personalidad masoquista", "perturbación
narcisista", "self fragmentado", etc. En este subapartado nos centraremos
únicamente en las corrientes más ambientalistas dentro del psicoanálisis, que son la
escuela británica de las relaciones objetales (Fairbairn, Winnicott, Guntrip, Balint,
etc.) y la psicología del self (Kohut). Por considerarlos menos interesantes, no se
tratarán postulados psicoanalíticos clásicos sobre este tema como la noción de un
masoquismo primario, o como la hipótesis de un superyó tiránico que conduce al sujeto a
una necesidad constante de castigo; igualmente, se obviarán las especulaciones kleinianas
como la introyección de pulsiones destructivas dirigidas hacia los objetos, o la teoría
de M.Mahler sobre conflictos en la separación-individuación.
A medio camino entre los planteamientos
más clásicos y la teoría kleiniana, D.W.Winnicott fue uno de los primeros analistas que
aceptó la decisiva influencia de la presencia y afecto paternos en las fases más
tempranas del sujeto(41). Las "relaciones objetales" (o relaciones
interpersonales, si no utilizamos terminología psicoanalítica) de las que hablaba eran
reales, y no sólo fantaseadas como propugnaba M.Klein. De esta manera, consideraba
condición etiológica básica la falta de un "ambiente facilitador" o
"entorno suficientemente bueno", en el que la madre ejerciera su función de
"sostén" (holding), entendido en sus dos vertientes de protección y de
afecto(42). Una segunda contribución de Winnicott muy relacionada con nuestras hipótesis
etiológicas es su descripción de "la capacidad para estar solo", requisito
necesario para el establecimiento de la autoestima y de unas relaciones emocionales sanas.
Según el citado autor, esta capacidad se adquiere por la internalización de la función
de sostén materna, de tal forma que "la capacidad para estar solo se basa en la
experiencia de estar solo en presencia de alguien"(42), es decir, estar solo pero al
mismo tiempo acompañado de objetos interiorizados gratificantes. Nosotros añadimos que
lo contrario ocurre, por ejemplo, con los dependientes emocionales: cuando están solos no
están acompañados, sino que sienten con más intensidad su vacío y su necesidad.
Perteneciente también al grupo británico
de las relaciones objetales, M.Balint estudió a pacientes cuyos problemas no
correspondían al ámbito edípico, claro foco de atención del psicoanálisis freudiano,
sino al de "la falta básica". Muy acertadamente, y desmarcándose de los
posicionamientos más ortodoxos, no calificó este periodo como de "preedípico"
o "pregenital" con tal de enfatizar su componente afectivo-interpersonal. Este
autor afirmaba que existían pacientes con graves perturbaciones emocionales que habían
carecido en sus primeros años de vida de relaciones objetales reales
gratificantes, y que la esencia de su patología no era el conflicto, como sucede según
estos planteamientos en las psiconeurosis, sino una falta, la "falta
básica"(41). Estos pacientes sufrían en su tratamiento una "regresión
maligna", que les provocaba una avidez descomunal de afecto, un deseo de fusión con
el analista para que cubriera su falta, reacciones de cólera y desesperación si no se
satisfacían sus anhelos, etc.(43). La similitud de estos fenómenos transferenciales con
las pautas de interacción propias de los dependientes emocionales es evidente.
El gran mérito del grupo británico de las
relaciones objetales es acentuar el papel patógeno de las carencias afectivas y de las
experiencias adversas tempranas, es decir, adoptar una postura con mayor carga
ambientalista que la propugnada por Freud o sobre todo M.Klein. La crítica que se puede
efectuar es que no profundizan lo suficiente en estos fenómenos, ni sistematizan sus
hallazgos. Por ejemplo, Winnicott afirma que la carencia de un ambiente lo suficientemente
bueno puede provocar psicosis o psicopatía, pero no detalla ni cómo ni por qué sólo se
producirían estas dos condiciones patológicas, o cuándo se daría una y cuándo la
otra. Balint no efectúa una descripción exhaustiva de los pacientes con "falta
básica", ni relata con el suficiente detalle sus historias obtenidas mediante el
psicoanálisis. Por otra parte, aunque estamos totalmente de acuerdo en el papel patógeno
fundamental de las carencias tempranas, señalamos igualmente que los determinantes de la
dependencia emocional en este caso, aunque podríamos generalizar a otros
trastornos- no se limitan a ese periodo, sino que continúan en fases posteriores como la
niñez y la adolescencia, y por desgracia se perpetúan en la adultez, como veremos en el
apartado sobre "factores mantenedores".
Continuando con nuestra revisión, surge a
principios de la década de los 70 una nueva corriente dentro del psicoanálisis: la
psicología del self(41). Su creador, H.Kohut(37),(38),(44) elaboró una teoría que
acabaría subordinando los postulados clásicos del complejo de Edipo, la regresión o los
conflictos, a los suyos propios fundamentados en la constitución del narcisismo. Este
autor afirmaba que para la adquisición de un narcisismo o autoestima saludable es
necesaria la intervención real de los padres o personas significativas al cuidado
del niño, llamadas por él "objetos del self". Esta denominación nos indica el
carácter constitutivo que para Kohut tienen las personas más significativas durante la
infancia, en tanto son objetos imprescindibles para el desarrollo del self o
individuo. Dichos objetos deben poseer la suficiente empatía como para advertir
las necesidades del niño y sus deseos de ser elogiado cada vez que logra un avance en su
desarrollo, o de ser aplaudido cuando sonríe o hace una gracia, es decir, tienen que
cumplir una función especular que alimente su incipiente narcisismo y sus
fantasías de omnipotencia infantiles. Al mismo tiempo, deben servir de modelos a seguir
para que el niño les admire, cumpliendo así su función idealizadora. Estas dos
funciones de los objetos del self las incorpora el niño mediante el proceso de "internalización
transmutadora", que posibilita la adquisición de un narcisismo equilibrado, y,
por tanto, de una estructura del self cohesionada y normal.
Ahora bien, ¿qué es lo que sucede cuando
los objetos del self no cumplen adecuadamente con alguna de estas dos funciones? La
respuesta es que se generan condiciones patológicas en el área narcisista de la
personalidad, o dicho de otra manera, "perturbaciones narcisistas". Kohut las
atribuye a la falta de empatía de los padres o personas significativas a cargo del niño,
con su consiguiente desequilibrio entre las necesidades frustradas de éste: idealización
o grandiosidad. Simplificando, podemos aseverar basándonos en la teoría del citado autor
que el deseo insatisfecho de grandiosidad, que debería haber sido cubierto por la
especularidad de los objetos del self, conduce a lo que ahora denominamos "trastorno
narcisista de la personalidad", o sea, autoestima exagerada, deseo de alabanzas,
ausencia de empatía e hipersensibilidad a la crítica. Aquí, en palabras del autor, el
sujeto estaría "hambriento de espejo", buscando continuamente personas que le
admiren como no hicieron sus objetos del self. Por otra parte, el deseo insatisfecho de
idealización produciría un cuadro clínico similar al que hemos definido en el presente
artículo para la dependencia emocional: depresión difusa, autoestima muy baja, deseos de
agradar, vulnerabilidad ante las críticas, sensación de vacío, anhelo profundo de
interés y afecto por parte de los demás, graves perturbaciones en caso de rupturas
sentimentales, etc. En "Análisis del self"(37), Kohut describe un caso de estas
características, en el que el sujeto (el Sr. A) está "hambriento de ideal".
Por tratar el tema que nos ocupa,
profundizaremos en este segundo tipo de perturbaciones narcisistas descrito por Kohut.
Estas personas desarrollan en su análisis una "transferencia idealizadora",
es decir, que siguen con su terapeuta los mismos patrones de interacción que con sus
objetos más significativos (observaremos que Balint llegó a la misma conclusión cuando
se refirió a la "regresión maligna"). El origen de esta perturbación
narcisista se fundamenta en que los objetos del self no han cumplido adecuadamente su
función idealizadora, es decir, estos sujetos no han tenido unos padres susceptibles de
modelo y admiración, ya sea por fracasos o por cualquier tipo de desilusión con respecto
a ellos. En consecuencia, su self se verá profundamente alterado, apareciendo la baja
autoestima y la búsqueda en la adultez de objetos del self que compensen las necesidades
frustradas de idealización.
¿Qué paralelismos encontramos entre las
características e hipótesis etiológicas de la dependencia emocional, expuestas en el
presente artículo, con la teoría de Kohut? Sin duda alguna, muchos. En primer lugar, se
confiere una importancia trascendental al papel de los padres o personas significativas en
el desarrollo emocional de los individuos. Los objetos del self deben ejercer
adecuadamente sus funciones, de lo contrario no se internalizarían y no se constituirían
estructuras sanas y cohesionadas en el individuo. La psicología del self es claramente
interactiva en su concepto del ser humano, y habla de carencias ambientales en fases
tempranas de la misma forma que se hace en el presente trabajo. En segundo lugar, se
subraya la influencia que ejerce la baja autoestima en la génesis y mantenimiento de este
tipo de trastornos dependencia emocional y perturbación narcisista por falta de
idealización-. En tercer lugar, se señala en ambas descripciones el papel central que
ejerce la idealización en la elección de objeto de estos pacientes. Por último, se
incide en que en la vida adulta otras personas deben cubrir las carencias tempranas a las
que nos hemos referido, que serían de naturaleza afectiva en nuestras hipótesis sobre la
dependencia emocional, y de falta de objetos a los que admirar en la teoría de Kohut
sobre este tipo concreto de perturbación narcisista.
¿Cuáles serían, entonces, las
diferencias? Como acabamos de indicar, y al margen de que tampoco hay referencias a la
existencia de factores mantenedores, residirían sobre todo en la naturaleza de las
carencias que habrían ocurrido en la infancia del individuo. Según Kohut, en la génesis
de la perturbación narcisista por falta de idealización lo esencial estribaría en que
el niño no admira a sus padres ni los toma como modelo, ya sea por haberles visto
fracasar reiteradamente, o porque hayan contemplado situaciones traumáticas de
humillación de estos objetos del self. Hemos afirmado que la psicología del self es
interactiva, en el sentido de que considera que el sujeto se desarrolla como tal en su
trato con los demás, especialmente con sus personas más significativas. No obstante,
dicha interacción no es un intercambio afectivo, sino una especie de potenciación del
narcisismo del niño a base de elogios y de tomar a los padres como ideales. No cabe duda
de que esto es importante, pero se echan a faltar en el citado autor los componentes
básicos de cualquier vínculo afectivo, que se basa en la reciprocidad, en la
preocupación por la otra persona, en su cuidado, en las alegrías y en las penas
compartidas, en la identificación mutua; en definitiva, en su naturaleza bidireccional.
Incluso el vínculo afectivo de un padre con su hijo pequeño es también recíproco, y no
se basa únicamente en inflar su ego lanzándole piropos, o en servirle de modelo. La
psicología del self es interactiva, pero unidireccional, porque parece que los
objetos del self sólo tienen como función potenciar y consolidar el narcisismo infantil,
y es mucho más que eso. Los dependientes emocionales sienten que les falta autoestima, pero
también les falta afecto, aunque el origen de ambas carencias sea común.
Factores
mantenedores
De la misma manera que no profundizamos
antes en los factores genéticos, tampoco lo haremos ahora en los biológicos para
explicar el mantenimiento del trastorno. De ninguna manera esto significa que no se
reconozca su papel: es evidente que la interacción entre los citados factores genéticos
y los ambientales debe tener su correlato en diversas estructuras y funciones
psicobiológicas. Por ejemplo, a causa de la mencionada depresión clínica y subclínica
que sufren estos pacientes, deberán producirse disfunciones en los sistemas de
neurotransmisión serotoninérgico y noradrenérgico, que, como es lógico, consolidan y
mantienen la dependencia emocional.
En otro ámbito, siguiendo la línea
propuesta por T.Millon(25), consideramos que en fases posteriores a la infancia y la
niñez se consolidan los rasgos de personalidad, sean éstos sanos o disfuncionales,
mediante lo que podríamos denominar "procesos de autoperpetuación". Los esquemas
interpersonales(40) o pautas de relación adquiridas serían los principales
responsables de que el trastorno se perpetuara por sí mismo en fases posteriores de la
vida del sujeto. Recordemos que los dependientes emocionales parten de una base de baja
autoestima, necesidad descomunal de afecto, adhesión excesiva hacia las personas
significativas, y elección de objeto fundamentada en la idealización y la sumisión.
Todo esto configura las pautas relacionales que estos sujetos utilizarán con cada nueva
interacción.
Al igual que en la mayoría de personas, en
los dependientes emocionales estos esquemas de relación adquiridos se perpetúan o
alimentan a sí mismos. Sintetizando, podemos afirmar que este mantenimiento se produce
por las respuestas o reacciones complementarias(40) de las personas con las que
interactúan. Dentro del tema que nos ocupa, pensemos en un dependiente emocional, con
todas las características citadas anteriormente, que se relaciona con una persona que
pudiéramos calificar de "normal". Dicha persona acabaría rechazando de una
manera más o menos manifiesta al dependiente, por su baja autoestima (no es agradable
tratar con personas que se quieren y respetan poco) y por el agobio que generarían sus
deseos de acceso constante y de exclusividad en la relación. Esto, a su vez, reforzaría
la mencionada baja autoestima y los deseos emocionales.
Imaginemos ahora que intenta relacionarse
con una persona narcisista y explotadora, carácter que, como hemos visto, cumple
adecuadamente con los requisitos de idealización del objeto. La interacción duraría
mucho más tiempo, porque el narcisista sí encuentra atrayente una persona que le admira
y que se somete continuamente. Esto también reforzaría las pautas de relación del
dependiente emocional, porque minaría todavía más su ya pobre autoestima,
incrementaría su tendencia a la idealización y la sumisión, y no cubriría
adecuadamente sus necesidades emocionales porque una persona narcisista no podría
proporcionarle el afecto genuino que realmente necesita.
5.- CONSIDERACIONES DIAGNÓSTICAS.
En este capítulo revisaremos las
opciones diagnósticas para la dependencia emocional que nos ofrecen los sistemas actuales
de clasificación psicopatológica, concretamente el DSM-IV(45).
La especificación de "síntomas
atípicos" en los trastornos depresivos (por ejemplo, trastorno depresivo mayor o
distimia) viene acompañada de un criterio diagnóstico en forma de rasgo de personalidad:
"patrón de larga duración de sensibilidad al rechazo interpersonal, no limitado a
episodios de alteración del estado de ánimo, que provoca un deterioro social o laboral
significativo"(45). Igualmente, se precisa de la existencia de anhedonía parcial,
pudiendo ocurrir una reactivación del estado anímico ante determinados eventos,
generalmente interpersonales. Por otra parte, suelen tener un inicio temprano y un curso
más crónico sin recuperación interepisódica total, lo que indica que existen
permanentemente síntomas depresivos clínicos y subclínicos. Es de señalar que todas
estas características coinciden con nuestra concepción de la dependencia emocional. Se
presentarían dos inconvenientes: no se podría diagnosticar un trastorno depresivo si el
dependiente emocional estuviera asintomático, y la especificación de síntomas atípicos
requiere también la presencia de al menos uno de los siguientes fenómenos: hipersomnia,
hiperfagia o abatimiento corporal.
Sería la categoría diagnóstica elegida
para dar cuenta del concepto ya explicado de "adicción al amor", por lo que nos
remitimos al capítulo correspondiente. Reiteramos que al tratarse de un trastorno del Eje
I no podríamos utilizarlo cuando el sujeto estuviera asintomático, en este caso cuando
no estuviera involucrado en una relación adictiva.
Aunque no figura en el DSM-IV, sí se
efectúa una propuesta de inclusión en el apéndice del DSM-III-R. Si incluimos aquí
esta malograda categoría diagnóstica es porque para muchos profesionales de la salud
mental tiene validez, y porque su definición se solapa en gran medida con la dependencia
emocional, como hemos indicado también más arriba. En definitiva, sería actualmente la
opción más válida dentro del Eje II, si exceptuamos la propuesta que a continuación
efectuaremos.
Diagnóstico
diferencial
La dependencia emocional debe
distinguirse de dos trastornos de la personalidad con los que puede existir confusión:
Aparentemente, y no sólo por el término
común "dependencia", existen paralelismos entre ambos cuadros: excesivo
aferramiento interpersonal, sumisión, ansiedad de separación, descompensaciones en caso
de rupturas, etc. Pero se da una diferencia que desde nuestro punto de vista es
fundamental, y que reside en la naturaleza de la referida dependencia. Como hemos
señalado, en nuestro objeto de estudio la necesidad es emocional, está basada en un
anhelo irresistible de ser querido, escuchado o atendido, y de tener alguien al lado al
que adorar que proporcione el ansiado suministro afectivo, suministro que por otro lado el
propio sujeto no se da a sí mismo.
En el trastorno de la personalidad por
dependencia, la naturaleza de ésta es principalmente de cuidado y protección. El sujeto
necesita a los demás para que tomen las decisiones por él, para que asuman
responsabilidades que le corresponden, para que le aconsejen continuamente sobre la más
mínima dificultad que se presente, etc. Es como un "niño adulto" que no sabe
conducirse ante la vida, y que para conseguirlo adopta un comportamiento interpersonal
similar al del dependiente emocional, pero con una motivación subyacente y un carácter
muy diferentes. Millon y Davis(25) señalan como historia característica en estos
pacientes la excesiva sobreprotección parental, condición etiológica radicalmente
diferente a la expuesta en el presente trabajo para la dependencia emocional.
En estos pacientes sí aparece con claridad
la dependencia emocional, sólo que alternada con periodos totalmente opuestos en los que
son más autónomos y agresivos. Se produce "un patrón de relaciones interpersonales
inestables e intensas caracterizado por la alternancia entre los extremos de idealización
y devaluación"(45), fenómeno que podríamos denominar "oscilación
vinculatoria" y que en absoluto es exclusivo de los pacientes límite, si
exceptuamos la notable intensidad con la que dichos pacientes establecen y luego rompen
sus lazos afectivos, transitando entre periodos de gran vinculación y de tremenda
desvinculación.
Además, en los dependientes emocionales
tampoco se producen inestabilidades clínicamente significativas en el estado de ánimo o
en la identidad.
Propuesta
diagnóstica
Sobre la base de todo lo expuesto en el
presente artículo, y siguiendo los criterios diagnósticos generales para los trastornos
de personalidad(45), podemos afirmar que la dependencia emocional cumple con todos los
requisitos: afecta la cognición, la afectividad, la actividad interpersonal y el control
de los impulsos; es persistente, inflexible y abarca numerosas situaciones personales y
sociales; es de larga duración y de inicio temprano; y no se debe a otro trastorno
mental, a los efectos de sustancias o a enfermedades médicas. Como en otros trastornos
específicos de la personalidad, la dependencia emocional se sitúa en el extremo de un
continuo basado en un rasgo adaptativo, que en este caso es la vinculación interpersonal.
Así, tener cierta dependencia emocional es frecuente e incluso deseable, igual que sucede
con el narcisismo, la suspicacia o la introversión.
Por tanto, efectuamos la propuesta
nosológica de creación de un trastorno específico de la personalidad para la
dependencia emocional. Mientras tanto, se puede utilizar la categoría residual para el
Eje II "trastorno de la personalidad no especificado", al margen de los
diagnósticos que sean necesarios en el Eje I por la gran comorbilidad que presenta este
cuadro.
5.- CONCLUSIONES.
El objetivo del presente artículo ha
sido proporcionar a la dependencia emocional un esquema teórico y clínico propios, por
considerar que los utilizados actualmente para estos pacientes, y que se corresponden con
los de los conceptos afines revisados, no son enteramente satisfactorios. La propuesta
diagnóstica de un trastorno específico de la personalidad tiene como fin la utilización
unívoca del término y su adecuada ubicación nosológica. Finalmente, se espera que se
estimule la investigación sobre este fenómeno, incluyendo ámbitos no tratados aquí
como la evaluación y el tratamiento.
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Como citar esta conferencia:
Castello Blasco, J. ANÁLISIS
DEL CONCEPTO "DEPENDENCIA EMOCIONAL". I Congreso
Virtual de Psiquiatría 1 de Febrero - 15 de Marzo 2000 [citado: *]; Conferencia 6-CI-A:
[52 pantallas]. Disponible en:
http://www.psiquiatria.com/congreso/mesas/mesa6/conferencias/6_ci_a.htm
* La fecha de la cita [citado...] será la del día que se haya visualizado este
artículo. |