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Introducción
La conducta suicida es un serio problema de
salud pública en el mundo Occidental. La mortalidad anual
en España por suicidio se estima en 5.7/100.000 habitantes,
constituyendo en algunos grupos de edad una de las principales
causas de mortalidad. Debe también tenerse en cuenta, además,
que aquellos individuos con antecedentes de intentos de suicidio
presenta una mayor mortalidad posterior por suicidio y accidentes.
En diversos países Europeos se ha relacionado la conducta
suicida con un porcentaje elevado de visitas previas a recursos
asistenciales, principalmente médicos generales y
psiquiatras. Según el registro de la actividad de los médicos
generales que cubre un porcentaje representativo de la población
de Holanda un 52% de los suicidios y un 53% de los intentos
contactaron con su médico de cabecera en las 8 semanas
previas al intento. Con una red de recogida de datos similar en Bélgica,
los resultados muestran que aproximadamente el 60% de las
conductas suicidas visitan a su médico de cabecera el mes
anterior al desarrollo de la conducta. El papel que los médicos
de cabecera desempeñan en la prevención del riesgo
suicida esta siendo discutido en los últimos años;
algunos autores reconocen su importancia en la identificación
de estas conductas, otros proponen cursos específicos de
postgrado en el diagnóstico de la depresión y el
comportamiento suicida. En oposición, a quienes piensan que
debido a la dificultad para reconocer signos de riesgo suicida por
parte de los médicos de atención primaria y al
relativamente escaso impacto de esta conducta en la práctica
diaria de estos profesionales, su intervención en la
prevención es cuestionable.
La conducta suicida representa un serio problema
de salud pública en nuestro medio. La mortalidad anual en
España por suicidio se estima en 5,7/100.000 habitantes
(Martínez de Aragón, 1997), siendo entre los jóvenes
de 15 a 24 años la segunda causa de muerte (Boletín
Epidemiológico Semanal, 1998). La prevalencia de la ideación
autolítica se estima entre el 2 y el 15% y la de la
conducta suicida entre el 0,6% y el 10% (Hintikka, 1998).
La conducta suicida se ha relacionado en
distintos estudios con un mayor porcentaje de visitas previas a
recursos asistenciales ambulatorios, particularmente médicos
de atención primaria y psiquiatras. Los registros
holandeses de la actividad de los médicos generales recogen
que un 52% de los suicidios y un 53% de los intentos de suicidio
contactaron con su médico de cabecera en las ocho semanas
previas al acto, siendo éstos capaces de identificar el
riesgo en el 42% de los suicidios consumados y en el 31% de las
tentativas. Un 54% de los intentos de suicidio había sido
valorado en este mismo período por un profesional de la
salud mental. Un 58% de los suicidios y un 69% de los intentos de
suicidio tenían antecedentes de depresión (Diekstra
et al., 1989). Una recogida de datos similar en Bélgica
estimaba que un 60% de los pacientes que desarrollan alguna
conducta suicida han visitado a su médico de cabecera en el
mes previo. Un 44% había recibido tratamiento psiquiátrico
el año previo (principalmente antidepresivo) (Van Casteren
et al., 1993). En Manchester el 43% de una muestra de suicidas
mayores de 65 años había acudido a su médico
general el mes previo. Un 25% se encontraba en tratamiento
antidepresivo y un 14% había visitado a su psiquiatra el
mes previo.
Un 42% de una muestra de 167 suicidios ocurridos
en Greater Manchester en 1996 había entablado contacto con
su médico de atención primaria en los tres meses
previos al suicidio, y un 27% en el mes inmediatamente anterior.
En solo dos de estas visitas se consignó el riesgo autolítico,
valorado en ambas como insignificante (Appleby et al., 1996).
Otros trabajos encuentran resultados similares (Obafunwa, 1994;
Pirkis, 1998). En la revisión efectuada por Pirkis y
Burgess (1998) se concluye que entre el 23 y el 69% de los
suicidios consumados ha consultado previamente con el médico
de atención primaria en el último año.
En el estudio de Stenager (1994) el 25,2% de los
intentos de suicidio había consultado al médico de
cabecera en el mes previo, siendo el porcentaje de atendidos
directamente por psiquiatras el 25,2%. Por patologías, la
mayoría de las depresiones (64%), abuso de drogas (57%) y
trastornos de adaptación (77%) son seguidas por el médico
de cabecera, mientras que las esquizofrenias (78%) y el abuso de
alcohol (63%) por el psiquiatra.
En nuestro propio estudio (Madoz-Gúrpide
et al., 1999) se atendieron 219 intentos de suicidio mayores de 18
años en las primeras 24 horas de su consecución, en
el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, de los que el 35% había
visitado a su médico de cabecera en el mes anterior. De los
que se encontraban en seguimiento psiquiátrico antes del
intento (64,8% de la muestra) el 67,6% había sido valorado
por su psiquiatra en el mes previo. En total, el 41,1% había
contactado con algún dispositivo sanitario en la última
semana, y el 11% con más de un dispositivo asistencial. En
lo referente a los diagnósticos realizados en la propia
atención de urgencias, al 89% de la muestra se le atribuyó
algún trastorno psiquiátrico, siendo los más
frecuentes los trastornos afectivos (35,2%), el abuso de
sustancias (35,2%) y el trastorno de la personalidad (31,1%). La
comorbilidad entre depresión y enfermedad somática
supone un importante factor de riesgo suicida (Obafunwa et al.,
1994), y a esta comorbilidad se le ha atribuido parte de la
dificultad que encuentran los médicos de atención
primaria para detectar el riesgo suicida (Rihmer et al., 1995).
Se puede concluir por tanto que un gran
porcentaje de los sujetos que realizan intentos de suicidio en
nuestro medio visitan en el período de tiempo previo a su médico
de cabecera. Estos valores aumentan en los pacientes que ya
estaban siendo seguidos por psicopatología previa. Podría
mejorarse la prevención de las conductas suicidas con
programas que ayuden a evaluar y detectar a los pacientes con
riesgo (Bobes et al., 1997), sobre todo en aquellos con
antecedentes de tentativas previas (Hawton, 1998). El importante
papel que los médicos de atención primaria pueden
desempeñar en la prevención del riesgo suicida es
reconocido por distintos trabajos (Van Casteren et al., 1993;
Stenager et al., 1994), proponiendo estos autores programas específicos
de formación y adiestramiento en el diagnóstico de
depresión y comportamiento suicida. Otros estudios apoyan
estas sugerencias (Rhimer et al., 1995) recomendando estos últimos
la puesta en marcha de programas de prevención de suicidios
en la atención primaria. Otros autores sin embargo
cuestionan estas acciones aduciendo la dificultad que supone el
reconocimiento del riesgo suicida por parte de los médicos
de atención primaria y el escaso impacto de esta conducta
en la práctica cotidiana de estos profesionales.
Los programas de prevención precisan de
la identificación de marcadores de riesgo. A los ya
conocidos, como sexo masculino, edad superior a los 40 años,
enfermedades somáticas o psíquicas (Mirón et
al., 1997) o entorno urbano del paciente (Gutiérrez, 1998),
podría sumarse el incremento en la frecuencia de las
visitas a los dispositivos asistenciales ambulatorios en el último
período de tiempo considerado, como destaca Hyden (1996).
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Como citar esta
comunicación:
Antonio CeverinoAtención
primaria y suicidio.
I Congreso Virtual de Psiquiatría 1 de Febrero - 15 de
Marzo 2000 [citado: *]; Conferencia 36-CI-A: [8 pantallas].
Disponible en:
http://www.psiquiatria.com/congreso/mesas/mesa36/conferencias/36_ci_a.htm
* La fecha de la cita [citado...] será la del día
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