RESUMEN
La ansiedad, la
tristeza-depresión y la ira son reacciones emocionales básicas que se caracterizan por
una experiencia afectiva desagradable o negativa y alta activación fisiológica. Son las
tres emociones más estudiadas hoy en día y se les conoce como "emociones negativas".
Estas reacciones son experimentadas por todos los seres humanos en múltiples situaciones,
son bastante independientes de la cultura, se considera que preparan al individuo para dar
una respuesta adecuada a las demandas de la situación, etc., Por todo ello, se consideran
adaptativas para el individuo. Sin embargo, en ocasiones encontramos reacciones
patológicas en algunos individuos, debido a un desajuste en la frecuencia, o intensidad.
Cuando tal desajuste acontece, puede sobrevenir también un trastorno de la salud, tanto
mental (trastorno de ansiedad, depresión mayor, etc.) como física. En primer lugar, las
reacciones de ansiedad, de tristeza-depresión y de ira que alcanzan niveles demasiado
intensos, o frecuentes, cuando se mantienen en el tiempo, tienden a producir cambios en la
conducta, de manera que se olvidan los hábitos saludables (ejercicio físico, etc.) y se
desarrollan conductas adictivas (tabaquismo, etc.), o que ponen en peligro nuestra salud.
Por ejemplo, existe relación positiva entre ansiedad y consumo de tabaco, así como entre
tabaquismo y cáncer. En segundo lugar, estas reacciones emocionales mantienen niveles de
activación fisiológica intensos, que pueden deteriorar nuestra salud si se cronifican.
Así, los pacientes con hipertensión esencial, asma, cefaleas crónicas, o diferentes
tipos de dermatitis, presentan niveles más altos de ansiedad y de ira que la población
general. En tercer lugar, esta alta activación fisiológica puede estar asociada a un
cierto grado de inmunodepresión, lo que nos vuelve más vulnerables al desarrollo de
enfermedades infecciosas (como la gripe, herpes, etc.) o de tipo inmunológico. En cuarto
lugar, la supresión o control de estas emociones puede acarrear altos niveles de
activación fisiológica y un cierto grado de inmunosupresión.
Palabras
clave: emociones, ansiedad, ira, depresión, salud, desórdenes
Desde un
punto de vista psicológico, la alegría, el miedo, la ansiedad, o la ira son emociones
naturales que se dan en todos los individuos de las más diversas culturas. Poseen un
sustrato biológico considerable. Son esencialmente agradables o desagradables, nos
activan y forman parte de la comunicación con los demás. A su vez, las emociones pueden
actuar como poderosos motivos de la conducta (Cano-Vindel, 1997).
El
carácter universal y adaptativo de las emociones ha sido señalado por los más diversos
autores y tradiciones teóricas, comenzando por las primeras teorías de Darwin, James y
Cannon. Por otro lado, las emociones juegan un papel importante en el bienestar
psicológico de los individuos y cumplen una función importante en la comunicación
social. Además de ser importantes para el bienestar/malestar de los individuos y cumplir
una función social en la comunicación, las emociones están íntimamente relacionadas
con diversos sistemas fisiológicos que forman parte del proceso que podríamos denominar
"salud-enfermedad". Por otro lado, las emociones influyen sobre la salud y la
enfermedad a través de sus propiedades motivacionales, por su capacidad para modificar
las conductas "saludables" (ejercicio físico moderado, dieta equilibrada,
descanso, ocio, etc.) y "no saludables" (abuso de alcohol, tabaco, sedentarismo,
etc.)
La
experiencia emocional, lo que pensamos y sentimos durante una reacción emocional, se
suele clasificar según tres ejes o dimensiones fundamentales: placer-desagrado,
intensidad y grado de control (Schmidt-Atzert, 1985). En otras palabras, las emociones
suelen provocar sensaciones muy agradables o muy desagradables, pueden ser más o menos
intensas y el grado de control que tenemos sobre ellas es también variable (Cano-Vindel,
1989, 1995).
El
término "emociones negativas" ha cobrado mucha fuerza en los últimos años y
se refiere a las emociones que producen una experiencia emocional desagradable, como son
la ansiedad, la ira y la tristeza-depresión, las tres emociones negativas más
importantes. Las emociones positivas son aquéllas que generan una experiencia agradable,
como la alegría, la felicidad o el amor.
Hoy en día
hay datos suficientes para afirmar que las emociones positivas potencian la salud,
mientras que las emociones negativas tienden a disminuirla (Martínez-Sánchez y
Fernández Castro, 1994; Fernández-Abascal y Palmero, 1999). Por ejemplo, en periodos de
estrés en los que tenemos que responder a una alta demanda de nuestro ambiente,
desarrollamos muchas reacciones emocionales negativas y, cuando nos encontramos bajo estos
estados emocionales negativos, es más probable desarrollar ciertas enfermedades
relacionadas con el Sistema Inmune (como la gripe, u otras infecciones ocasionadas por
virus oportunistas), o adquirir determinados hábitos poco saludables, que a la larga
pueden minar la salud (Cano-Vindel, Miguel-Tobal, González e Iruarrizaga, 1994). En
cambio, el buen humor, la risa, la felicidad, ayudan a mantener e incluso recuperar la
salud (Lefcourt y Martin, 1986; Nezu, Nezu y Blissett, 1988).
Se han
estudiado mucho más las emociones negativas (y sus relaciones con trastornos de salud)
que las positivas. Dentro de las primeras, una de las reacciones emocionales que más se
ha estudiado es sin duda la ansiedad (Cano-Vindel y Miguel-Tobal, 1994), como estado
emocional asociado a múltiples trastornos, especialmente los trastornos de ansiedad
(Miguel-Tobal y Cano-Vindel, 1995) y los trastornos psicofisiológicos (Miguel-Tobal y
Casado, 1994). Una segunda emoción negativa que está siendo ahora más estudiada es la
ira, por su relación con los trastornos cardiovasculares (Miguel-Tobal y Cano-Vindel,
1992; Miguel-Tobal, Casado, Cano-Vindel y Spielberger, 1997). Por último, la
tristeza-depresión, como emoción natural, se considera que es precursora de la
depresión como patología, la cual cursa por lo general con niveles altos de ansiedad
(Sanz, 1991).
La ansiedad
puede ser considerada como una reacción natural que se produce ante ciertos tipos de
situaciones en los que el individuo podría necesitar más recursos. Las situaciones en
las que se desencadena la reacción de ansiedad tienen en común, por lo general, la
previsión de posibles consecuencias negativas o amenazantes para el individuo. Esta
reacción supone una puesta en marcha de diferentes recursos cognitivos (atención,
percepción, memoria, pensamiento, lenguaje, etc.), fisiológicos (activación
autonómica, motora, glandular, etc.) y conductuales (alerta, evitación, etc.) Tales
recursos tendrían como objetivo el afrontamiento de las posibles consecuencias negativas,
pudiendo paliar, reducir, o eliminar tales consecuencias.
Pero aun
siendo la ansiedad una emoción natural, de carácter esencialmente adaptativo, que nos
previene de situaciones que requieren que estemos alerta, en las que podemos necesitar
más recursos cognitivos, conductuales, o fisiológicos, sin embargo, puede estar en la
base de muchos procesos que pueden llevar a la enfermedad. Cuando un individuo mantiene
altos niveles de ansiedad, durante tiempos prolongados, su bienestar psicológico se ve
seriamente perturbado; sus sistemas fisiológicos pueden verse alterados por un exceso de
actividad; su sistema inmune puede verse incapaz de defenderle; sus procesos cognitivos
pueden verse alterados, provocando una disminución del rendimiento; la evitación de
situaciones que provocan reacciones intensas de activación y temor puede afectar a la
vida personal, familiar, laboral, o social del individuo.
La actividad
cognitiva superior puede verse afectada por procesos emocionales, con los que mantiene una
estrecha relación. Así, por ejemplo, el rendimiento en los exámenes o en otras
situaciones de evaluación puede verse deteriorado cuando el individuo se ve desbordado
por su reacción de ansiedad. Pero el mero control cognitivo de la reacción de ansiedad,
puede no ir acompañado de un estado suficiente de relajación fisiológica. El control o
represión de estados de ánimo negativos (p.e. ansiedad), que tiene como fin preservar a
la conciencia de un malestar importante, puede estar relacionado con niveles elevados de
activación fisiológica y cambios en el sistema inmune y, por tanto, en el proceso
salud-enfermedad. Dicho de otra manera, algunos individuos tienden a no reconocer estados
emocionales negativos, como estar nervioso, o enfadado. Estos intentos de librarse de
eventos aversivos no siempre llegan a tener éxito, pues algunos sujetos que manifiestan
estar tranquilos presentan una alta reactividad fisiológica y es probable que una
disminución de sus defensas (una inmunodepresión). Este campo de estudio presenta hoy en
día una actividad absolutamente efervescente, pues se está investigando mucho, y el tipo
de trabajos que se llevan a cabo no tienen nada que ver con las formulaciones
psicoanalíticas de la represión inconsciente (Cano-Vindel, Sirgo y Díaz-Ovejero, 1999).
Este es un campo más en el que se estudian las relaciones entre las emociones y la salud.
Pero no es el único.
En el nivel
fisiológico, la evaluación de respuestas del organismo (como la tasa cardiaca) y el
estudio de su relación con variables psicológicas ha dado lugar a una disciplina llamada
psicofisiología, que arranca desde finales del siglo pasado. A su vez el estudio de la
patología de los sistemas fisiológicos que se activan en la emoción se inicia en los
años 50. Se supone que los trastornos psicosomáticos o psicofisiológicos (como algunos
dolores de cabeza, o de espalda, algunas arritmias, los tipos de hipertensión arterial
más frecuentes, algunas molestias gástricas, etc.) podrían estar producidos por un
exceso en la intensidad y frecuencia de la activación de las respuestas fisiológicas del
sistema que sufre la lesión o disfunción (cardiovascular, respiratorio, etc.) Se
trataría de una disfunción de un sistema orgánico que está trabajando en exceso y
mantiene esta actividad demasiado tiempo. A su vez, el trastorno produce más ansiedad y,
por lo tanto, un aumento de la actividad de ese sistema, aumentando así la probabilidad
de desarrollar y mantener un mayor grado de disfunción orgánica.
La vertiente
expresiva de la emoción ha sido estudiada especialmente en relación con los procesos de
comunicación social, aunque recientemente se estudia también su relación con sistema
inmune y salud. Las expresiones afectivas positivas facilitan la comunicación, mientras
que las expresiones emocionales negativas provocan distancia y sirven para anunciar un
malestar e incluso un posible ataque. Las principales formas de expresión emocional (la
sonrisa, el llanto, las expresiones faciales de alegría, tristeza, miedo, etc.) son
universales en las distintas culturas. También la expresión de emociones está
relacionado con la salud, encontrándose en repetidas ocasiones que los individuos más
expresivos gozan de mejor salud, que aquéllos que tienden a mostrar en menor medida sus
emociones (Cano-Vindel, Sirgo y Díaz-Ovejero, 1999).
Decíamos
que la ansiedad puede ser considerada como una respuesta emocional normal que surge como
respuesta del individuo ante determinadas situaciones y circunstancias. Sin embargo,
cuando su frecuencia, intensidad o duración sean excesivas, dando lugar a la aparición
de limitaciones, más o menos importantes, en la vida del individuo y en su capacidad de
adaptación al medio circundante, hablaremos de ansiedad patológica.
La presencia
de fuertes reacciones o estados de ansiedad no solamente va a estar en la base de los
denominados trastornos de ansiedad, sino que va a estar asociada frecuentemente a la
depresión, y en general a los distintos trastornos considerados tradicionalmente como
neuróticos, a buena parte de los trastornos psicóticos y a una amplia variedad de
trastornos psicofisiológicos, entre los que cobran especial importancia los trastornos
cardiovasculares, la úlcera péptica, las cefaleas, el síndrome premenstrual, el asma,
los trastornos dermatológicos, etc. A ello habría que añadir el papel destacado que
juega la ansiedad en los trastornos sexuales, la conducta adictiva, los trastornos de la
alimentación, etc., y los recientes hallazgos sobre su influencia en la debilitación del
sistema inmune.
Como puede
observarse por la amplia gama de problemas relacionados con la ansiedad, podríamos
afirmar que esta va a ser un elemento central en psicopatología y en buena parte de otros
problemas relacionados con la salud, dando lugar a que las personas aquejadas de ansiedad
pueblen las consultas de atención primaria de los hospitales y centros de salud,
ocasionando un considerable coste económico para cualquier sistema sanitario.
Los
trastornos de ansiedad, por sí solos, suponen la patología psicológica más frecuente,
seguidos de los trastornos afectivos y el consumo excesivo de drogas y alcohol, siendo su
tasa de prevalencia-vida del 19,5% para las mujeres y del 8% para los varones (Robins,
Helzer, Weissman, Orvasche, Gruenberg, Burke y Regier, 1984).
La DSM-IV
caracteriza los distintos trastornos de la siguiente forma:
- Ataque
de pánico o crisis de angustia: se caracteriza por la aparición súbita de síntomas
de aprensión, miedo intenso o terror, acompañados habitualmente de sensación de muerte
inminente. Aparecen también durante estos ataques síntomas como falta de aliento,
palpitaciones, opresión o malestar torácico, sensación de atragantamiento o asfixia y
miedo a perder el control o "volverse loco".
-
Agorafobia: se caracteriza por la aparición de ansiedad o comportamiento de
evitación en lugares o situaciones donde escapar puede resultar difícil o embarazoso, o
bien donde sea imposible buscar ayuda en el caso de que aparezca un ataque de pánico o
síntomas similares.
-
Trastorno de pánico sin agorafobia: se caracteriza por ataques de pánico repetidos e
inesperados que causan un estado de ansiedad permanente en el paciente.
- Trastorno
de pánico con agorafobia: se caracteriza por ataques de pánico y agorafobia de
carácter recidivante e inesperado.
- Agorafobia
sin historia de trastorno de pánico: se caracteriza por la presencia de agorafobia y
síntomas similares en un individuo sin antecedentes de ataques de pánico inesperados.
- Fobia
específica: se caracteriza por la presencia de ansiedad clínicamente significativa
como respuesta a la exposición a situaciones u objetos específicos temidos, lo que suele
dar lugar a comportamientos de evitación.
- Fobia
social: se caracteriza por la presencia de ansiedad clínicamente significativa como
respuesta a situaciones sociales o actuaciones en público del propio individuo, lo que
suele dar lugar a comportamientos de evitación.
- Trastorno
obsesivo-compulsivo: se caracteriza por obsesiones, que causan ansiedad y malestar
significativos, y/o compulsiones, cuyo propósito es neutralizar dicha ansiedad. Las
obsesiones son ideas recurrentes, persistentes, absurdas y generalmente desagradables que
aparecen con gran frecuencia sin que el individuo pueda evitarlas. Las compulsiones son
comportamientos repetitivos y estereotipados que se realizan en forma de rituales.
-Trastorno
por estrés postraumático: se caracteriza por la reexperimentación de
acontecimientos altamente traumáticos, síntomas debidos al aumento de activación o
arousal y comportamiento de evitación de los estímulos relacionados con la situación
traumática.
-Trastorno
por estrés agudo: se caracteriza por síntomas parecidos al trastorno por estrés
postraumático que aparecen inmediatamente después de un acontecimiento altamente
traumático.
-Trastorno
de ansiedad generalizada: se caracteriza por la presencia de ansiedad y preocupaciones
de carácter excesivo y persistente durante al menos seis meses.
-Trastorno
de ansiedad debido a enfermedad médica: se caracteriza por síntomas prominentes de
ansiedad que se consideran secundarios a efectos fisiológicos directos de una enfermedad
subyacente.
-Trastorno
de ansiedad inducido por sustancias: se caracteriza por síntomas prominentes de
ansiedad que se consideran secundarios a los efectos fisiológicos directos de una droga,
fármaco o tóxico.
-Trastorno
de ansiedad no especificado: se ha incluido para acoger a aquellos trastornos que se
caracterizan por ansiedad o evitación fóbica prominentes, que no reúnen los criterios
diagnósticos de los trastornos de ansiedad ya mencionados.
La
depresión es un trastorno conocido desde tiempos remotos, si bien se la ha denominado con
diferentes términos tales como melancolía, tristeza, etc. lo cierto, es que su
existencia y especialmente el estado de ánimo deprimido ha estado siempre unido a la
condición humana. Coloquialmente se utiliza este término como sinónimo de tristeza,
pero en numerosas ocasiones esta tristeza se experimenta en situaciones cotidianas
concretas, de carácter negativo, no referido a un estado de ánimo anormal o patológico.
Los enfermos depresivos describen su tristeza como una cualidad especial que resulta
difícil explicar, de carácter impreciso, por tanto. Debemos tener cuidado de no
confundir la tristeza con la depresión.
El estado de
ánimo puede entenderse como la tendencia básica del ser humano para aportar a los
estados psíquicos un tono agradable o desagradable (Villagrán, 1996), o como el estado
emocional subjetivo del individuo (Friedman y Thase, 1995). Evidentemente en la
depresión, el estado de ánimo estaría asociado al polo desagradable, a la tendencia a
la negatividad. La depresión, por tanto, debe entenderse como un trastorno del estado de
ánimo, que se manifiesta mediante un conjunto de síntomas característicos. La mayoría
de los autores comparten la idea de que la depresión es un trastorno del estado de ánimo
o trastorno afectivo. El estado de ánimo deprimido, es una de las condiciones
psicopatológicas más frecuentes de los seres humanos (Vázquez, 1990). La principal
característica de estos trastornos, como su propio nombre indica, es la variación que la
persona sufre en su estado de ánimo. La depresión se conoce principalmente como una
bajada del estado de ánimo, pero estar desanimado no es bastante para afirmar que se
está deprimido. Así pues, el estado de ánimo deprimido no debe ser el único criterio a
tener en cuenta para diagnosticar depresión. Sentirse deprimido no es un síntoma
suficiente para afirmar que se tiene una depresión. "Esta distinción es muy
importante porque la depresión-síntoma está presente en la mayor parte de los cuadros
psicopatológicos" (Vázquez, 1990, pág. 902).
En las
clasificaciones tradicionales de los trastornos psicofisiológicos se listaban y
describían las distintas enfermedades en las que la investigación había mostrado su
relación con variables psicológicas. Estas clasificaciones solían agrupar los distintos
trastornos según el sistema afectado. Entre ellos destacaban por su frecuencia e interés
los siguientes:
Trastornos
cardiovasculares: enfermedad coronaria, hipertensión arterial.
Trastornos respiratorios:
asma bronquial, síndrome de hiperventilación.
Trastornos endocrinos:
hipertiroidismo, hipotiroidismo, enfermedad de Addison, síndrome de Cushing, alteraciones
de las glándulas paratiroides, hipoglucemia, diabetes.
Trastornos
gastrointestinales: trastornos esofágicos, dispepsia no ulcerosa, úlcera péptica,
síndrome del intestino irritable, colitis ulcerosa, enfermedad de Crohn.
Trastornos
dermatológicos: prurito, hiperhidrosis, urticaria, dermatitis atópica, alopecia areata.
Dolor crónico:
lumbalgias, cefaleas, dolor pre-menstrual.
Artritis reumatoide
Trastornos inmunológicos.
El Manual de
Diagnóstico de la Asociación de Psiquiatría Americana -DSM II- reconocía la existencia
de enfermedades orgánicas psicógenas, estableciendo que sólo determinadas enfermedades
podían ser debidas a causas psicológicas. En este manual se definían nueve categorías
principales de trastornos en función del órgano o sistema corporal afectado.
Sin embargo,
la investigación en el campo demostraba paulatinamente la relevancia de los factores
psicológicos en la etiología y desarrollo de un gran número de enfermedades no
consideradas inicialmente como psicofisiológicas, que engloban desde trastornos
neurológicos, como la esclerosis múltiple, hasta enfermedades infecciosas, como la
tuberculosis, e incluso enfermedades inmunológicas, como la leucemia (Wittkower y Dudek,
1973).
Con este
creciente reconocimiento de la implicación de factores psicológicos o emocionales en el
desencadenamiento y/o agravamiento de la mayoría de las enfermedades orgánicas, se hizo
patente la ineficacia del esquema anterior. El DSM II no podía dar cuenta de estos
resultados y era necesario un cambio en el sistema clasificatorio vigente hasta entonces.
Lipp, Looney
y Spitzer (1977) señalaron que el DSM III debía tomar en consideración el grado en que
los factores psicosociales pueden influir en la condición física. Este objetivo fue
adoptado e incorporado en la tercera edición del manual DSM III. Recomendaron, así
mismo, que la sección independiente de Trastornos Psicofisiológicos fuese eliminada y
sustituida por una nueva sección denominada "Factores psicológicos en la condición
física" adoptándose finalmente el título: "Factores psicológicos que afectan
al estado físico".
Esta
sección del DSM III incluye no sólo los trastornos psicofisiológicos tradicionales
señalados en el anterior DSM II, sino también aquellas alteraciones físicas en las que
se han podido encontrar factores psicológicos significativos en la génesis o
agravamiento del trastorno.
De esta
forma, al describir los trastornos psicofisiológicos no se hace referencia a un grupo
distinto de enfermedades, sino a aquellas alteraciones físicas que son precipitadas,
agravadas o prolongadas por factores psicológicos: "...esta categoría puede
utilizarse para cualquier trastorno físico en el que los factores psicológicos sean
considerados importantes. Puede utilizarse para describir alteraciones que en el pasado se
han conocido con el nombre de "psicosomáticas" o "psicofisiológicas"
..." (D.S.M. III-R, pág, 317). Entre los ejemplos comunes de enfermedades físicas
en las que esta categoría puede ser apropiada se incluyen los siguientes: obesidad,
cefaleas de tensión, migraña, angor pectoris, dismenorrea, dolor sacroilíaco,
neurodermatitis, acné, artritis reumatoide, asma, taquicardia, arritmia, úlcera
gastroduodenal, cardiopasmo, pilorospasmo, nauseas y vómitos, colitis ulcerosa y
poliaquiuria.
A partir del
DSM III (DSM III-R) la American Psychiatric Association (APA) recoge la idea de que los
factores psicológicos tienen un papel de gran relevancia en la mayoría de las
enfermedades. Con la adopción, por parte de la APA, de este nuevo sistema se pretende
evitar la consideración de un determinado trastorno o enfermedad como exclusivamente
psicológico u orgánico.
La relación
entre las respuestas del sistema fisiológico y los trastornos psicofisiológicos ha sido
punto de partida de muchas teorías explicativas sobre su génesis. Entre las distintas
emociones van a destacar la ansiedad y la ira. Por lo general, estos modelos van a suponer
que para que se desarrolle y mantenga un trastorno psicofisiológico, son necesarios dos
factores: un primer factor de predisposición individual, por el cual un individuo tiende
a tener mayor reactividad fisiológica en una determinada respuesta; más un segundo
factor, de activación fisiológica intensa y crónica, como por ejemplo, el mantener
niveles altos de ansiedad o ira.
Desde hace
años venimos investigando en las características del perfil de respuesta de sujetos con
diferentes trastornos psicofisiológicos (hipertensión, asma, úlcera gástrica, dolores
de cabeza, dermatitis, etc.) Por lo general, los resultados que hemos obtenido son
bastante consistentes, e indican que los sujetos que presentan estos trastornos tienen
niveles más altos de ansiedad que sus correspondientes grupos control, equiparados en
edad y sexo. Si analizamos su perfil de respuesta de ansiedad en el ISRA (Miguel-Tobal y
Cano-Vindel, 1986, 1988, 1994), comprobamos que hay un predominio del sistema fisiológico
frente al sistema cognitivo y el motor; a su vez, se da también un predominio de mayores
respuestas de ansiedad en situaciones de evaluación y en situaciones cotidianas. El
predominio del sistema fisiológico claramente está relacionado con el factor de
activación fisiológica a que hacen referencia los modelos teóricos, mientras que el
predominio de ansiedad en situaciones cotidianas está más relacionado con el factor de
cronicidad o mantenimiento de la activación a lo largo del tiempo (Cano-Vindel y
Miguel-Tobal, 1990, 1991; Cano-Vindel y Fernández Rodríguez, 1999).
Pero además
de presentar estos perfiles característicos en sus manifestaciones de ansiedad, las
personas con trastornos psicofisiológicos suelen presentar niveles más altos de ira.
Así, por ejemplo, los sujetos con hipertensión esencial tienen niveles más altos de ira
interna que el correspondiente grupo control (Miguel-Tobal et al., 1997); a su vez, los
pacientes con asma presentan niveles más altos de ira externa que las personas sin asma
(Cano-Vindel y Fernández Rodríguez, 1999). La ira también ayudaría a mantener niveles
altos de activación fisiológica.
En algunos
individuos la alta activación fisiológica no va acompañada de experiencia emocional.
Tal es el caso de los sujetos con altas puntuaciones en alexitimia o el de los individuos
que presentan un marcado estilo represivo de afrontamiento. En ambos casos existe una
cierta tendencia hacia una mayor propensión a desarrollar trastornos psicofisiológicos.
La
alexitimia supone una dificultad a la hora de reconocer las experiencias emocionales. Los
individuos con alexitimia presentan fuertes niveles de activación fisiológica, pero
carecen de conocimientos sobre emociones para etiquetar su estado como un estado
emocional. El malestar psicológico que sufren tienden a etiquetarlo como enfermedad
física y tienden a desarrollar una mayor proporción de trastornos psicofisiológicos
(Martínez-Sánchez, 1997).
Los sujetos
con estilo represivo de afrontamiento no tienen conciencia de su alta activación
fisiológica y se perciben a sí mismos como individuos relajados, calmados y tranquilos,
cuando en realidad no lo son, ni lo están (Cano-Vindel, Sirgo y Díaz Ovejero, 1999).
Estos individuos presentan bajas puntuaciones en los tests de ansiedad (evaluación
mediante autoinforme), pero en cambio presentan una alta activación fisiológica
(evaluación mediante registro fisiológico). Esta alta activación fisiológica mantenida
es una factor de vulnerabilidad para desarrollar con mayor probabilidad trastornos
psicofisiológicos. En el laboratorio, ante tareas estresantes de una prueba de
reactividad cardiovascular, los sujetos con mayores puntuaciones en Ocultación-Defensa de
emociones negativas (CDE, Cano-Vindel y Miguel-Tobal, 1996), presentan una mayor
reactividad cardiovascular en la respuesta de presión arterial diastólica (Cano-Vindel y
Miguel-Tobal, 1999).
El estilo
represivo de afrontamiento también es un factor que puede introducir un cierto grado de
inmunodepresión (Cano-Vindel, del Rosal, Sirgo, Pérez Manga y Miguel-Tobal, 1999). La
alta activación fisiológica mantenida en el tiempo puede provocar alteraciones en el
Sistema Inmune que vuelven al individuo más vulnerable a las enfermedades infecciosas o a
las enfermedades de tipo inmune. Así por ejemplo, los pacientes con cáncer que presentan
estilo represivo de afrontamiento tienen una menor esperanza de vida (Cano-Vindel, Sirgo y
Díaz-Ovejero, 1999).
En fin, a lo
largo de estas palabras hemos querido ilustrar algunas formas de relación entre emociones
y salud. En ellas hemos querido destacar que las emociones son reacciones naturales,
universales y que tienen un alto poder adaptativo, pero también hemos querido señalar
que esas mismas reacciones, cuando son demasiado intensas y/o frecuentes, cuando se
mantienen en esos altos niveles durante mucho tiempo, pueden provocar alteraciones en la
salud. Ya sólo nos queda hacer un breve resumen sobre cuáles pueden ser los caminos por
los que las emociones negativas llegan a alterar nuestra salud.
En primer
lugar, las emociones negativas, las reacciones de ansiedad, de tristeza-depresión y de
ira que alcanzan niveles demasiado intensos, o frecuentes, cuando se mantienen en el
tiempo, por sus propiedades motivacionales, tienden a producir cambios en la conducta, de
manera que se olvidan los hábitos saludables (ejercicio físico, etc.) y se desarrollan
conductas adictivas (tabaquismo, etc.), o que ponen en peligro nuestra salud. Por ejemplo,
existe relación positiva entre ansiedad y consumo de tabaco, así como entre tabaquismo y
cáncer. Igualmente, existe relación entre ansiedad social y alcoholismo.
En segundo
lugar, estas reacciones emocionales mantienen niveles de activación fisiológica
intensos, que pueden deteriorar nuestra salud si se cronifican. Así, los pacientes con
hipertensión esencial, asma, cefaleas crónicas, o diferentes tipos de dermatitis,
presentan niveles más altos de ansiedad y de ira que la población general. Se considera
que la alta activación fisiológica mantenida en el tiempo es un factor que puede
desencadenar y mantener una disfunción orgánica. A su vez, la disfunción orgánica o
trastorno psicofisiológico puede provocar mayores niveles de emocionalidad negativa, que
a su vez implicará niveles más altos de activación fisiológica.
En tercer
lugar, esta alta activación fisiológica puede estar asociada a un cierto grado de
inmunodepresión, lo que nos vuelve más vulnerables al desarrollo de enfermedades
infecciosas (como la gripe, herpes, etc.) o de tipo inmunológico. Así, por ejemplo, los
individuos con más ansiedad a los exámenes presentan un mayor grado de vulnerabilidad
ante el virus de la gripe, en época de exámenes, que los individuos con baja ansiedad a
los exámenes.
En cuarto
lugar, la supresión o control de estas emociones negativas puede acarrear altos niveles
de activación fisiológica y un cierto grado de inmunosupresión. Los individuos que no
tienen experiencia emocional negativa, pero mantienen altos niveles de activación
fisiológica, son más vulnerables a los trastornos psicofisiológicos y a las
enfermedades relacionadas con el sistema inmune.
El corolario
que se puede extraer de todo ello es evidente: si entrenamos a los pacientes mediante
técnicas cognitivo-conductuales que les ayuden a disminuir su activación fisiológica, a
reducir el malestar psicológico y a facilitar la expresión emocional, conseguiremos
mejorar su salud. En efecto, en ámbitos tan diferentes como los estudios sobre ansiedad
prequirúrgica o los estudios sobre psico-oncología se encuentra que el entrenamiento en
estas técnicas ayuda a los pacientes, reduciendo no sólo su malestar psicológico, sino
que se reduce también el tiempo de estancia en el hospital tras la intervención
quirúrgica, e incluso se aumenta la esperanza de vida de los pacientes oncológicos.
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Como citar esta
conferencia:
Cano Vindel, A. Miguel Tobal, JJ.
EMOCIONES NEGATIVAS (ANSIEDAD, DEPRESIÓN E IRA) Y SALUD. I
Congreso Virtual de Psiquiatría 1 de Febrero - 15 de Marzo 2000 [citado: *]; Conferencia
28-CI-A: [29 pantallas]. Disponible en:
http://www.psiquiatria.com/congreso/mesas/mesa28/conferencias/28_ci_a.htm
* La fecha de la cita [citado...] será la del día que se haya visualizado este
artículo. |