La fuente de la felicidad

<I>«La felicidad, a veces, es una bendición, pero generalmente es una conquista».</I> (PAULO COELHO)

Está fuera de toda duda que el sentido de la vida humana es la consecu¬ción de la felicidad, entendida como el bien supremo que el hombre puede y debe alcanzar.

Si en una encuesta imaginaria nos preguntasen nuestra opinión sobre en qué consiste la felicidad —pregunta que es el punto de partida de la religión y la filosofía—, la mayoría de nosotros responderíamos sin dudar que en la ausencia de problemas, en que todo nos vaya bien, en que tuviéramos todo lo necesario para satisfacer nuestras necesidades, o expresiones parecidas.

Sin embargo, a pesar de que en nuestras sociedades de bienestar disfrutamos de un desarrollo material sin precedentes que nos hace disponer de bienes abundantes para satisfacer todas nuestras necesidades, se da la paradoja de que esta abundancia de medios no ha tenido como consecuencia un aumento significativo de nuestro nivel de felicidad.

<I>«Tener todo para ser feliz no es, en manera alguna, una razón para serlo».</I> (JACQUE NORMAND)

La causa de esta aparente contradicción radica en que la ideología materialista que impregna las sociedades desarro¬lladas ha dado como resultado una «filosofía de la vida», una visión del mundo y una ética portadoras de un sistema de valores que, en su conjunto, es negativo para el desarrollo personal y la felicidad humana: la competitividad, el egoísmo, la insolidaridad, el consumismo, el materialismo, la evasión constante de nosotros mismos que nos aliena, etc., se traducen a nivel social en conductas antisociales, y a nivel personal en estrés, pérdida del sentido de la vida, vacío y angustia existencial, enajenación de nosotros mismos que ahoga la necesidad de trascendencia… infelici¬dad, en una palabra.

Frente a esa ideología hedonista dominante en las “sociedades de bienestar”, que identifica la felicidad con el principio del placer, el cual nos impulsa a satisfacer de manera inmediata necesidades muchas veces superfluas, todas las grandes tradicio¬nes de pensamiento coinciden fundamentalmente a la hora de afirmar que la felicidad humana consiste en la práctica de la sabiduría, entendiendo ésta como aquel conocimiento que nos lleva a vivir y obrar bien , con el fin de conseguir el desarrollo integral de todas nuestras capacidades y lograr nuestra plena autorrealización, nuestra excelencia como seres humanos.

Ahora bien, ¿qué características debe tener una conducta para que pueda ser considerada “sabia”, es decir, para que contribuya a nuestra felicidad? En lo que se refiere a nuestro comportamiento externo —nuestra conducta con nuestros semejantes—, obrar bien equivale a que nuestras acciones sean éticas, es decir, que contribuyan al bienestar de nuestro entorno; en lo que respecta a nuestro comportamiento interno —entendido como aquel que no afecta directamente a los demás, sino solamente a nosotros mismos, ese obrar bien hay que entenderlo en el sentido de practicar conductas que nos ayuden a nuestro desarrollo y nuestro crecimiento como personas, dentro de los principios de lo que se viene llamando “mente positiva” o “salud mental”.

Coincidiendo con estas tradiciones, las nuevas tendencias de la psicología también afirman que la felicidad es más una cuestión de actitud, que depende más de la “salud mental” que de las condiciones externas en las que se desenvuelve nuestra existencia. Es, en suma, producto de una determinada manera de vivir, de cómo interpretamos y asumimos lo que la vida nos va deparando en su día a día. En el fondo de esta creencia late la idea de que la felicidad es algo que hemos de elegir, en base a desarrollar una mente positiva que asuma la decisión de ver positividad en todo cuanto nos ocurra, independientemente de que eso sea algo “malo” o “bueno”.

<I>«La felicidad es un cómo, no un qué; un talento, no un objeto».</I> (HERMANN HESSE)

<I>«Que tu vida sea alegre o triste, no depende de tu vida; depende de ti mismo».</I> (STEINBERG)

Cada acto humano es siempre el resultado de una elección entre varios posibles, de una toma de decisión que se hace con arreglo a una escala de valores. Estos valores son justamente aquellos bienes que queremos conseguir con nuestras conductas, para realizar en nosotros el «bien supremo» de nuestra felicidad. La salud mental consiste en poseer un sistema de creencias y valores positivos que nos lleven a unas conductas “sanas” productoras de felicidad.
Repitiendo actos creamos hábitos, y, repitiendo hábitos, llegamos a adquirir un carácter, un ethos, un modo ético de ser que, si está constituido por valores positivos, nos llevará a la felicidad, sean cuales sean las circunstancias externas de nuestra vida; si, por el contrario, esos valores son negativos, nos llevarán a la infelicidad.

<I>«Repite un pensamiento, y tendrás un acto;
repite un acto, y tendrás un hábito;
repite un hábito, y tendrás un carácter;
repite un carácter, y tendrás un destino:
luego cuida tu pensamiento de hoy, porque será
el destino de mañana».</I>

En cuanto a la naturaleza de esos valores positivos, tanto las tradiciones religiosas y filosóficas como la psicología moderna son unánimes a la hora de descalificar el sistema de valores y creencias basado en el placer egoísta, y también a la hora de proponer un código ético, unas normas de conducta, unos principios, criterios y valores que deben regir la vida humana para que ésta nos lleve a nuestra autorrealización como personas: compromiso solidario, generosidad, desapego de los bienes materiales, interioridad, amor, humildad, esfuerzo, sacrificio, tolerancia, paciencia, perdón, cultivo de una mente positiva, aceptación, humildad, prudencia, autoestima, serenidad, alegría, sensibilidad, desapego, ecuanimidad, etc… Este conjunto de valores conforman un cuadro de “virtudes” —para decirlo con la palabra tradicional— que son la base de la salud mental.

<I>«Saber lo que hay que hacer es sabiduría: saber cómo hacerlo es inteligencia; hacerlo es virtud».</I> (D. S. JORDAN)

<I>«Practicar la virtud en la vida de ahora es conseguir la felicidad en la vida futura».</I> (REFRÁN CHINO)

Valores y creencias

La salud mental afirma una verdad evidente: igual que hay pensamientos sanos y pensamientos malsanos, hay conductas positivas que nos aportan felicidad, y conductas erróneas que nos abocan al sufrimiento. Es decir, que, junto a un correcto modo de pensar, debemos practicar un correcto modo de actuar.

Pero es un hecho evidente que el pensamiento y la conducta están íntimamente unidos. Según los principios de la salud mental, toda conducta —incluyendo los comportamientos internos o mentales previos a los comportamientos externos—es una acción que tiene una intencionalidad, una motivación, que apunta a la consecución de algo: por un lado, con nuestras acciones pretendemos justificar y demostrar nuestras creencias; por otra parte, el fin último de nuestras conductas es conseguir un determinado valor, un bien que juzgamos importante para nuestro bienestar y nuestra felicidad.

Un valor designa un estado al que damos importancia y que tiene una cierta jerarquía dentro de las cosas que nos agradan. Por ejemplo: éxito, seguridad, amor, felicidad, salud, amistad, riqueza, prestigio, etc.

Una creencia es un sentimiento de certeza sobre el significado de algo. Es una afirmación personal que consideramos verdadera. Las creencias son en muchos casos subconscientes, y afectan a la percepción que tenemos de nosotros mismos, de los demás y de las circunstancias que nos rodean. Están formadas por ideas globales (por ejemplo: “el tiempo es oro”, “la vida es bella”, “la gente es egoísta”, “sin dinero no eres nadie”), y por reglas ( “Si tengo ingresos fijos, entonces tendré seguridad”, “si hago deporte tendré más salud”), que adquirimos con ideas —transmitidas mediante nuestro proceso educativo y socializador— y con experiencias.

Por otra parte, las capacidades son las competencias que guían nuestros comportamientos, y también se ven afectadas por nuestras creencias y valores. En este sentido, las creencias pueden ser potenciadoras o limitantes. Las primeras nos ayudan favoreciendo la confianza en nosotros mismos y en nuestras capacidades, permitiéndonos afrontar con éxito situaciones complejas. Las segundas nos restan energía y nos inhabilitan para afrontar determinadas situaciones. “Los hombres fracasan porque creen fracasar”, dice la frase.

Para conseguir un pleno control de nuestra vida, y un mayor grado de felicidad, debemos conocer cuáles son nuestras creencias esenciales, cambiar aquellas que nos está limitando y resolver los conflictos que pueden existir entre distintas creencias. Por esto es necesario que diseñemos e instalemos en nosotros unos valores y creencias que nos hagan fácil la vida, que nos permitan sentirnos felices independientemente de lo que nos suceda. Estos valores y creencias nos deben permitir disfrutar del viaje de nuestra existencia, además de ayudarnos a alcanzar las metas que consideremos importantes.

A través de nuestro sistema de creencias y valores darnos significado y coherencia a nuestro modelo del mundo, al que estamos profundamente vinculado. Sobre la base de nuestras creencias profundas y nuestros valores —nuestra “programación”— interpretamos la realidad, pues actúan como filtros mentales, produciendo algo parecido a un “teñimiento”. Al final de este proceso, ya no vemos los hechos como son, sino como los vemos en nuestra mente, coloreados con nuestros valores, codificados con arreglo a unos patrones de los que no solemos ser conscientes.

Llamamos programación al conjunto de creencias y valores que nos llevan a crear unos patrones de conducta, unos hábitos más o menos automatizados con los que responder a los hechos del mundo exterior. Realmente, el ser humano sería inviable si, ante cada suceso, tuviera que detenerse a hacer reflexiones concienzudas para elegir la conducta más adecuada para responder, ya que nuestra vida sería imposible. Por una simple economía de esfuerzo, y porque no tenemos ni el tiempo necesario, ni la posibilidad de manejar todas las variables, optamos por automatizar y programar una serie de conductas, que se disparan automáticamente ante unos determinados estímulos, previamente preestablecidos, de la misma manera que se programa un ordenador.

Esta programación tiene como objeto conservar nuestra vida y nuestra identidad como personas. Si, por las razones que fueran, nuestras creencias son negativas y limitantes, la interpretación subsiguiente de la realidad adolecerá de estos mismos defectos, y pasaremos a ver el mundo como algo negativo que, inevitablemente, nos creará sufrimiento.

Ningún ser humano puede ver la realidad tal y como es, sino que lo que vemos de ella es justo lo que hemos proyectado. Filtrando la realidad a través de nuestros valores y creencias, nuestra mente llega a elaborar un “mapa” o “territorio” que, a pesar de ser una simple abstracción, un esquema operativo, confundimos con la verdadera realidad.

El proceso viene a seguir esta secuencia de acción: sucede un hecho allá afuera de nosotros; nuestros sentidos lo perciben, y no solamente los corporales, pues la mente funciona también como un órgano sensorial capaz de captar lo que no podemos percibir sensorialmente; la mente interpreta ese hecho, haciéndolo pasar a través de sus filtros, para adaptarlo a sus patrones de creencias, a sus esquemas predeterminados; esa interpretación va al sistema físico y emocional, y se produce una respuesta.

Esta idea es la que se trasluce en la famosa copla:

<I>En este mundo traidor,
nada es verdad ni es mentira:
todo depende del color
del cristal con que se mira.</I>

Esta deformación de la realidad que hacemos en nuestra mente es de capital importancia en nuestra tarea de entender la felicidad humana. Pues, si lo que nos hace reaccionar no es el hecho real, sino una vez que ha sido codificado e interpretado, ¿qué sucedería a una persona poseedora de esquemas mentales negativos, que contaminara los hechos con esa negatividad? Que sufriría de manera gratuita, y mucho más que alguien que tuviera en su mente creencias positivas; si, por el contrario, nuestras creencias son positivas, seremos capaces de interpretar la realidad de manera positiva, y seremos más felices.

Por ejemplo, ante el hecho real de que un coche va a atropellarnos sentimos miedo, y esta emoción dispara automáticamente un complejo sistema de defensa biológico que se expresa en una clara sintomatología corporal: descarga de adrenalina, aumento de los latidos del corazón, aumento de la presión sanguínea, hiperventilación, sequedad de boca, etc…, todo lo que se viene denominando “stress”.

Ahora bien, si nos imaginamos que un coche nos va a atropellar, aunque esta escena sólo tenga lugar en nuestra fantasía, la respuesta biológica es la misma, pues la mente instintiva funciona con la imagen que llega desde el cerebro hasta el hipotálamo, sin importarle si está o no basada en la realidad. Para el cuerpo, todo lo que está en nuestro cerebro y es procesado es lo único real.

Todos somos conscientes de que el pensamiento y la imagen preceden siempre a la acción. Si nos decimos “Voy a hacer la comida”, este pensamiento, y la imagen correspondiente, son el primer paso para encaminarnos a la cocina a preparar alimentos. Siempre que hacemos algo, es porque lo hemos pensado previamente. Si, para nuestra tragedia, nos decimos cosas como: “Esto va a salir mal”, “Esta situación me va a enfermar”, “Me siento solo”, “Esta relación no va a salir bien”, “Seguro que no me dan el trabajo”… estaremos cavando nuestra fosa, y arrojándonos al abismo del sufrimiento innecesario.

<I>«Cuando se mantiene constantemente un pensamiento, se forma en la mente una especie de canal natural por el que corre automáticamente la fuerza mental».</I> (Swami Sivananda)

Sugestión se suele denominar este fenómeno de enviar imágenes al subconsciente. Éste no razona, no dialoga, no analiza las imágenes que le llegan para contrastar su verdad o su falsedad. Es una gigantesca computadora que procesa los datos que le aporta la mente consciente, poniendo manos a la obra para buscar cómo responder a los estímulos que le llegan. Funciona con imágenes y símbolos, más que con palabras. Si le llegan imágenes y pensamientos de limitación, de miedo, de fracaso, de baja autoestima, de desconfianza… en una palabra, si le enviamos ondas mentales negativas, nuestra energía se pondrá a trabajar para obedecer esas sugestiones, y el resultado final será inevitablemente el fracaso y la infelicidad.

Lo más grave de estas interpretaciones negativas de la realidad no es sólo que nos hagan sufrir mientras imaginamos desastres y calamidades… Lo más terrible es que, después de haber sufrido interiormente, nuestras imaginaciones perturbadas acaban sucediendo en la realidad, ocasionándonos entonces más sufrimiento, según la ley expresada en las conocidas frases: “Lo igual atrae a lo igual”, “si siembras arroz, cosecharás arroz”.

Si tenemos la creencia profunda de que nadie nos valora, tenderemos a imaginarnos situaciones donde efectivamente no se produce esa valoración personal, hasta que, al debido tiempo, llegan a ser reales; si tenemos el esquema mental negativo de ser abandonados, imaginaremos sucesos donde somos abandonados… que acabarán por producirse en la realidad, por una simple ley de atracción; si creemos que en la vida no hay que pedir ayuda a nadie, que cada cual debe apañárselas solo, acabaremos realmente por padecer soledad.

El sistema de valores y creencias que tenemos es, pues, un factor esencial para la consecución de nuestra felicidad. Sin embargo, aunque este sistema se construye merced a un conjunto de elecciones y decisiones personales, está en buena parte influido por los valores y creencias dominantes que imperan en la sociedad y la cultura en la que viven los individuos. Esto es especialmente relevante en nuestra época, poseedora de unos medios de comunicación de masas poderosísimos que son capaces de influenciar decisivamente las conciencias individuales, hasta el punto de llevarlas a una completa alienación en la cual los individuos pierden sus identidades personales y asumen como propios los valores del entorno, sin que sean conscientes de esa usurpación y manipulación.

Hacia una mente positiva

Un examen atento de las adversidades que sufrimos nos llevaría a la conclusión de que la mayoría de los problemas que creemos tener no son tales, sino simples contratiempos, molestias y contrariedades a las que nuestra manera negativa y tremendista de pensar los acaba convirtiendo realmente en problemas. La vida está llena de sinsabores, de situaciones que no responden a nuestros intereses y necesidades, pero no por eso deben convertirse en desgracias ni fatalidades, pues la vida de afuera tiene su propio mecanismo, sus propias leyes, y no tiene la obligación de ajustar su rodaje a nuestras pretensiones.

Quien no tiene en su vida ningún problema grave, tiende a exagerar las nimiedades de la existencia, dando demasiada importancia a trivialidades que no merecen ser protagonistas de ninguna tragedia. Sin embargo, aquellos que han sufrido un problema serio alguna vez seguro que verán las cosas de otro modo, pues habrán aprendido lo que es un sufrimiento real, y serán capaces de distinguirlo de un simple contratiempo. Parece como si el ser humano tuviera una necesidad impulsiva de creerse protagonista de tragedias ficticias, quizá para satisfacer las ansias de grandeza de su ego, que parece necesitar problemas serios para aumentar su importancia y su gusto por el espectáculo.

Estos sufrimientos ilegítimos o innecesarios nos roban nuestras energías hasta tal punto, que nos quedamos sin fuerzas para resistir a los verdaderos problemas cuando éstos se presentan en toda su acritud.

Este modo equivocado de pensar, además de crear alucinaciones, y de convertir en un problema lo que no pasaría de ser un simple contratiempo, también se aplica a lo que podríamos llamar un problema real, destacando sus connotaciones negativas y aumentando la cuota de sufrimiento. Si hemos sido objetos de un abandono afectivo, por ejemplo, y suponiendo, que es mucho suponer, que nosotros no hemos tenido ninguna culpa de ese abandono, habría dos maneras de reaccionar ante esta situación: En primer lugar, podríamos decirnos cosas como: “me abandonó porque no sirvo como persona”, “éste es mi destino”, “¿por qué me pasan siempre a mí estas cosas?”, “está visto que la felicidad no es para mí”, “se ve que estoy condenado a la soledad”… el resultado será sufrimiento, por supuesto, que, además, se proyecta al futuro, lastrando nuestras posibilidades de establecer otra relación.

Si, por el contrario, nuestro diálogo interno fuera más positivo, la situación podría dar un giro radical: “bueno, ahora quedo libre de hacer lo que me plazca”, “mejor que haya terminado ahora que más tarde, porque habría perdido un tiempo precioso”, “seguro que no era ésa la persona que me estaba destinada”, “bueno, se acabó, pero he tenido la suerte de poder vivir esta relación, y estoy agradecido”, “seguro que hay otras personas con las que podré vivir situaciones felices”… Frases como ésta son capaces de amortiguar el dolor por la ruptura, minimizando el sufrimiento reactivo que nos produce. De nosotros depende elegir entre un modo u otro de pensar.

Si vamos por la vida con un pesado equipaje hecho de baja autoestima, rencores y resentimientos, miedos y culpas, frustraciones, fracasos y traumas con que nos creamos creencias negativas que contaminan todo cuanto nos ocurre, llevaremos una existencia desgraciada. Sanear nuestra mente se convierte así en una labor de primera importancia, pues los problemas graves llegarán, y conviene que nos cojan bien entrenados en un modo de pensar positivo y optimista que nos ayude a salir airosos de las tribulaciones.

El siguiente cuento, uno de mis favoritos, titulado “una mujercita con suerte” ilustra perfectamente cómo una actitud mental positiva que sabe extraer lo bueno que encierra toda situación, aunque aparentemente sea dolorosa, es una plena garantía de suerte y felicidad.

<I>Una mujer pobre tenía la costumbre de ir todas las mañanas a un bosque cercano a su casa para recoger leña, que luego vendía a sus vecinos. Cierto día, encontró bajo un roble un caldero viejo de latón, ya muy oxidado por la intemperie.

-¡Vaya, qué suerte! exclamó. Tiene un agujero, y no me servirá para llevar agua, pero podré utilizarlo para plantar flores.

Tapó el caldero con su mantón y, cargándoselo al hombro, emprendió el camino hacia su humilde choza. Pero empezó a notar que el caldero iba pesando más y más, así que se sentó a descansar. Cuando puso el caldero en el suelo, vio con asombro que estaba lleno de monedas de oro.

-Qué suerte tengo! volvió a exclamar, llena de alegría. Todas estas monedas para una pobre mujer como yo.

Mas pronto tuvo que volver a pararse. Desató el mantón para ver su tesoro y, entonces, se llevó otra sorpresa: el caldero lleno de oro se había convertido en un trozo de hierro.

-¡Qué suerte tan maravillosa! dijo;. ¿Qué iba a hacer una mujercita como yo con todas esas monedas de oro? Seguro que los ladrones me robarían todo. Por este trozo de hierro me ganaré unas cuantas monedas normales, que es todo lo que necesito para ir tirando.

Envolvió el trozo de hierro, y prosiguió su camino.
Cuando salió del bosque, volvió a sentarse, y decidió mirar otra vez en su mantón, por si el destino le había dado otra sorpresa. Y, en efecto, así era: el trozo de hierro se había convertido en una gran piedra.

-¡Vaya suerte que tengo hoy! dijo. Esta piedra es lo que necesito para sujetar la puerta del jardín, que siempre golpea cuando hace viento.

En cuanto llegó a su casa, fue hacia la puerta del jardín y abrió el mantón para sacar la piedra. Mas, nada más desatar los nudos, una extraña criatura saltó fuera. Tenía una enorme cola con pelos de varios colores, unas orejas puntiagudas y unas patas largas y delgadísimas. La mujercita quedó maravillada al ver que la aparición daba tres vueltas alrededor y luego se alejaba bailando por el valle.

-¡Qué suerte tengo! exclamó. Pensar que yo, una pobre mujercita, ha podido contemplar este maravilloso espectáculo… Estoy segura de que soy la pobre mujercita solitaria con más suerte del mundo entero.

Y se fue a la cama tan alegre como siempre. Y, según se cuenta, lo más curioso es que, desde aquel día, la suerte de esta pobre mujer cambió, y ya nunca más volvió a ser pobre ni solitaria.</I>

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2 comentarios

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  1. 01
    RUBÉN SANGURIMA 9 julio, 2007 3:36

    Comentarios. Todo lo que podamos hacer, para alentar al hombre a entrar en su dimensiòn ùnica, no compartida con los animales, que es el mundo de los valores, de los principios, del alejamiento de las posiciones “anti” que solo traen conflictos y a la larga destrucciòn, que podrían resumirse como la dimensión espiritual del hombre, merece nuestro respaldo, porque es como marcharemos h acia un mundo de paz “junto con” y no “en contra de”

  2. 02
    Laureano Benítez 9 julio, 2007 13:08

    RE: Comentarios. Hola, Rubén: soy el autor del artículo de “los principios de la salud mental”, del cual has opinado en un comentario. Gracias por tu opinión. En fin, que en este mundo donde los valores se pierden (porque la riqueza aliena, y la pobreza embrutece), hemos de luchar por poner nuestro grano de arena. Gracias.

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Capítulo 119 del Programa Redes. Hablar de la mente humana en singular podría ser un error. Nuestra mente es una colección de módulos que surgieron a lo largo de la evolución como soluciones adaptativas a distintas situaciones. Según Robert Kurzban, psicólogo evolucionista de la Universidad de Pennsylvania y autor del libro «Why everyone (else) is a hypocrite» (por qué todos los demás son hipócritas), vivir equivocados puede no ser tan malo como parece, particularmente para una especie tan social como la nuestra.

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